Columnas

“A Pilar”, por Federico Abrill

Había llegado a Lima el día anterior y tenía clases de matemáticas a las 7 am. De eso me acuerdo. También recuerdo la amenaza de mi mamá de llevarme a Chimbote, mi ciudad natal y de infancia y adolescencia en caso ese sea el único curso que tome antes de entrar a Estudios Generales en la Universidad de Lima.  Terminé mi clase pensando en encontrar alguna actividad que me permita no volver a casa y quedarme aquí. Fui entonces a buscar alguna otra actividad. Y allí estaba: Taller de teatro dictado por Pilar Núñez. Me inscribí.

La clase empezaba a las 4 pm. Entonces fui a la casa de mi tía a almorzar y regresé 3:45 pm. listo para comenzar. Me senté en una de las banquetas fuera del estudio y apareció, Pilar. Para quienes no la conocen, es lo más cercano a un personaje de Brecht. Fuerte. Seria. Contundente. Pero por dentro, es todo un universo. Entró y yo entré tras ella. La clase empezó con un breve calentamiento. Punto por punto. Desde relajar el rostro hasta terminar soltando todo el cuerpo, saltando. Este calentamiento duró diez minutos. Nunca había calentado tanto mi cuerpo. Nunca me había comprometido con él. Y comenzó la creación de una pequeña secuencia personal.
Cada uno en un espacio iba a generar una secuencia física que íbamos a repetir y repetir. En uno de esos momentos, sentí cómo mi estómago iba a explotar, corrí al baño y vomité todo lo que había comido. Por suerte, tenía un cepillo de dientes y me lavé. Con mucha vergüenza regresé e hice lo mejor que pude en hacer como si no hubiese pasado nada. En el afán de hacer bien mi ejercicio, me caí y rompí mis lentes. Qué mal día. Y seguía allí. Explorando. Moviéndome. Liberándome. Hasta que me tocó presentar mi secuencia. Al terminarla, sentí un bajón de presión tan grande que la respiración se me aligeró y sentí por un momento algo extraño. Un encuentro. Entre mi cerebro y mi cuerpo. Entre mis anhelos y mi presente. Estaba allí. Agotado. Sin pensar. Sin miedo a volver a Chimbote. Sin miedo a las náuseas que vendrían después. Ella me miró con ojos muy dulces y me agradeció.

La siguiente clase era el miércoles. Tenía hasta el jueves para decidir si volvía a Chimbote o me quedaba en Lima toda la semana y solo volvía para mis clases de matemáticas. No almorcé, y en plena Encalada camino a la Universidad dije esto no es lo mío y me bajé. Caminé de vuelta a mi casa y a medio camino, algo sucedió. Un impulso. Cogí un taxi y fui corriendo a mi clase. Llegué a tiempo.  Saliendo de la clase llamé a mi mamá y le dije que no iba a volver. Que había encontrado unas clases de teatro en la universidad que me gustaban. Mi mamá no entendió y en su inocencia, aceptó sin saber que ese fue el comienzo del fin. El fin de los anhelos familiares de convertirme en un Ingeniero como mi papá, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo, entre otros ancestros.

Pasaron cuatro meses de entrenamiento hasta una pequeña muestra que culminé no sé bien cómo. Y entre esas muestras, vi una obra donde ella actuaba junto a Jaime Lema – “La Importancia del Abrazo” – que marcaría para siempre mi vida teatral.

Al terminar el proceso, nos invitó, a parte del grupo, a continuar pero como toda historia de amor adolescente yo me sentí abrumado por la universidad y dejé de ir. Meses después me animaría por llevar un taller en donde volvería a encontrar esa magia que conocí con ella. Años después, en un taller de dramaturgia la volví a encontrar. Pero fui incapaz de decirle a Pilar gracias por todo lo que despertó en mí.

El año pasado hubo un pequeño gran cambio en mi vida. Fui a dictar un par de sesiones de herramientas de Creación Colectiva en el Taller de Ópalo. En ese taller, mencioné a Pilar y sentí la mirada de uno de los integrantes. Luego me enteraría que esa mirada le pertenecía a una persona muy allegado a ella. Pasaron los meses y esa persona terminó en convertirse en la razón por la cual dejaría todos mis planes de año nuevo e iría a Azpitia para esperar que salga de su retiro para verlo.  Muy amablemente él me invitó a pasar año nuevo en este espacio. Y allí estaba ella, Pilar. Y pensé, se lo voy a decir. Pero la vi tan feliz, tan plena, tan impactante y a la vez, tan hermosa que solo podía contemplarla. Al día siguiente, nos despedimos. Nuevamente perdí mi oportunidad.

Pilar ahora está inaugurando un espacio de talleres muy interesantes sobre la exploración de la voz y la creación junto a mi novio. Y pensaba en escribir algo sobre este taller en mi columna, pero lamentablemente, el taller se abrió una semana antes de la edición de esta columna. Dios, nunca podré encontrar el contexto para agradecerle. Salvo que sea muy sincero.

Entonces le digo a Ernesto (o Peregrino como él prefiere que le digan y yo me rehúso a hacerlo) voy a escribir sobre ella. Y voy a tratar de decirle lo mucho que significó para mí. Y lo que significa. Porque sin ella yo no estaría aquí. Escribiendo esto. Pensando en crear. Haciendo teatro.

Entonces trazo mi plan. Escribiré algo sobre ti, Pilar. Se lo daré a Ernesto para que te lo enseñe. Gracias por ese segundo en el que todo cobró sentido. Y por la oportunidad que me has dado de conocerte en otro ámbito. Quizás no me recuerdes de esa época. Tampoco recordarías lo que hicimos con el monólogo de Hamlet y menos que cuando esperaba que me digas algo bueno me diste una gran enseñanza: “Yo solo señalo lo que se puede mejorar, lo demás está donde tiene que estar. Deben confiar en ustedes”. Y mientras escribo esto, recuerdo que la primera vez que me subí a un escenario fue gracias a ti.

Entonces qué mejor forma de empezar el año en el que quiero cambiar tantas cosas en mi vida que junto a ti y decirte eso que tanto te he querido compartir. Gracias, Pilar. Por el teatro que encontraste en mí. Cada cosa que hago lleva un poquito de esos maravilloso cuatro meses. Y si alguna vez dudas en tu capacidad de cambiar vidas (lo cual dudo), recuerda estas palabras. Tú cambiaste la mía.

Y a ti, Ernesto. Gracias por permitirme este regalo.

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