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“Consuma teatro”, por Diego La Hoz

Consuma teatro

Si leyó la columna anterior es probable que siga la línea de este ensayo sobre nuestra realidad cultural. Le recomiendo que lo haga. Quizá no estamos observando oportunidades de desarrollo creativo porque buscamos alinearnos al sistema de lo inmediato y la fanfarria. Quizá sentimos que fracasamos ante la búsqueda de grandes públicos. Quizá no encontramos la forma de comprometernos con nuestra comunidad o simplemente ni siquiera lo pensamos. Lo que nos toca es perder el miedo a lo diferente, al diálogo con el otro desde aquello que nos diferencia y a la vez nos reúne. Lo que nos toca es comenzar a reflexionar dónde queremos estar, cómo queremos estar y con quién queremos estar. Estar es el sentido primario del teatro. Estar en el presente y con el otro. Comprometido y siempre buscando que algo se transforme en beneficio de nuestro entorno: privado, colectivo, laboral, intelectual. Hace más de treinta años, y es curiosa la vigencia, el investigador peruano Ernesto Ráez anotó en una crítica realizada al espectáculo “Allpa Rayku” de Yuyachkani y recopilada en el libro del mismo nombre:

“[…] la extinción de los grupos de teatro de arte no implica la extinción del arte en el teatro. A ello le corresponde lograr lo que desde (hace mucho) viene reclamando el teatro en el Perú: la unificación de los esfuerzos en un gran movimiento… Docencia, reflexión y unificación son imprescindibles para el crecimiento. Finalmente, se debe funcionar aglutinados, de tal manera que la racionalización de los esfuerzos permita una fecunda dinámica autocrítica y crítica, un mejor aprovechamiento de los logros y la multiplicación de las acciones cada vez más descentralizadas y no ya convergentes en unos cuantos grupos, como actualmente lo es. El proceso del teatro en el Perú adolece de sucesivas fracturas, de desarticulación endémica” (Ráez, 1981:128).

Es necesario volver a mirar y no caer en las trampas de un desarrollo que pretende homogenizar una actividad creadora libertaria. Que pone marcas y fabrica etiquetas nacionales con papel extranjero. Es necesario revisar nuestro teatro independiente como movimiento precario a la luz de quienes sí lucharon por ganarse el nombre hace más de ochenta años en Argentina y del que nosotros nos hemos apropiado sin tener clara nuestra lucha. Teatro independiente le decimos. ¿Independiente de qué? Habría que preguntarnos. Es necesario, por no decir urgente, mirar al Perú como un potencial de diversidad cultural aislada y hambrienta de juicio crítico. Es necesaria una propuesta integral e integradora de cambio que comience a articular, desde el diálogo confrontativo, nuevos vínculos con las escuelas o facultades de teatro y sus estudiantes a los que, por lo general, se les mezquina la opinión. Nuevos vínculos con las autoridades que promueven monopolios de poder. Nuevos vínculos con nosotros mismos como creadores y con el otro –receptor partícipe- que espera sentirse parte de cada experiencia teatral. Es fundamental reconocer en el teatro las cualidades de comunión, de experimentación paciente y de búsqueda sincera de aquello que se nos revela como urgente. Este es el movimiento de respuesta que quizá nos alivie de la vorágine bombardera de los medios que validan ciertas expresiones artísticas mientras otras quedan invisibles ante los ojos quietos de sus propios gestores. Entretanto, en una calle cualquiera, hay espectadores que esperan en una fila que no avanza. Como diría Meyerhold: “Un actor con talento siempre llega a un espectador inteligente”. ¡Talento hay de sobra! ¡¿Consuma teatro?!

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