Entrevistas

Crónica de una muerte enfrascada: Segundo Rosero (CRÓNICA)

ESCRIBE: Javier Merino.

No hay palabras para describir a Segundo Rosero. Sus canciones se escuchan a diario en las diferentes emisoras, no solo ecuatorianas, sino peruanas, chilenas, bolivianas, argentinas, colombianas, venezolanas, y en el resto de países de habla castellana y en los que existen hispanohablantes. Cantante. Productor musical. Director artístico. Autor. Compositor. “Pero antes que todo eso, soy músico”, asegura. Además es un hombre que contiene una chispa de humor particular. También es un fiel seguidor de la izquierda política, de la buena izquierda política, claro está, de esas que ayudan a un pueblo a ser mejor, sin privarlos de nada. Promotor de la cultura y del folclore. Un mimador y tierno esposo. Y, sobre todo, un padre responsable y cariñoso.

Capítulo uno: La llegada.

De Quito a Ibarra son tres horas de viaje en bus, de las cuales dos son de trayecto y una hora es la que demora parando cada cierta cantidad de kilómetros, de pueblo en pueblo, para dejar y recoger pasajeros. Más o menos lo que hace el corredor azul en la Javier Prado -un lunes por la mañana, tarde o noche- cuando te diriges de Ate a San Miguel.

Bajo del bus. Son las seis y cuarenta de la tarde. Llamo a la persona con quien me iba a entrevistar, tan solo para conversar una hora, a lo mucho dos, para poder alcanzar al último bus de regreso a Quito. Le pregunto la dirección exacta de su casa. “Dígale al taxista que te lleve a la casa de Segundo Rosero”, me contesta. En efecto, le digo al taxista eso, y en doce minutos ya estaba frente a una casa de cuatro pisos de color rosado y con una modesta tienda en el primero. “Por favor espéreme unos minutos en la tienda que está abajo, he salido con mi familia, ya estoy de vuelta”, me había dicho en la última llamada. “Es un dólar con cincuenta”, me indica gentilmente el taxista. Mientras busco mis monedas, me pregunta “¿usted es peruano, cierto?”. Mi respuesta, por supuesto, es afirmativa. “Lo saco por su forma de hablar. ¿Ese periodista peruano es siempre grosero? Ese que insultó a Felipao“. Mi respuesta también iba a ser afirmativa. Iba. “Al decirle grosero estás siendo muy bueno, es un idiota, y también estoy siendo bueno”, le contesto. “Seguro que sí, pero, ¿sabe?, personas como esas no deben interferir con nuestra relación de hermanos. Me gusta mucho Perú, tengo amigos peruanos, y son lo máximo. Apunte mi número, señor, si no tiene donde quedarse me llama y mi señora y yo gustosos de hospedarlo”, comenta el señor taxista -así como Felipe Caicedo- de tez negra, de taxi amarillo, de chompa blanca con rayas celestes y de un espíritu bondadoso que se trasluce por su camisa marrón. Porque los colores deben servir para eso: para diferenciar los colores. Es todo.

Casa de Segundo Rosero, en Ibarra, Imbabura, Ecuador.

Capítulo dos: La presentación.

Son cinco para las siete de la noche y el Sol ya está terminando de guardarse, cuando un señor, de aproximadamente un metro sesenta y cinco, y de gafas transparentes se me acerca diciéndome en un cálido tono “¿cómo está señor periodista? ¿Qué lo trae por acá? No muchas personas vienen a visitarnos hasta Ibarra. Mucho gusto, Segundo Rosero”. Al estrecharnos las manos le cuento que estoy de pasada en Ecuador y un día antes, de improviso -como sucede con las mejores cosas de la vida-, se me ocurrió conversar con él de la vida y el amor. Sobre todo con él, un hombre que siempre le ha cantado a la vida y al amor…  y por ahí a la muerte y al desamor.

“Le presento a mis hijos y a mi señora”. Saludo a sus hijos: Zielo, una pequeña de siete añitos, y Markos, un adolescente de trece. “Mucho gusto, Diana”, se presenta su risueña y encantadora esposa y madre “de los últimos” hijos de don Segundo Rosero. “Son los últimos, ya no hay más. Tengo a este varoncito que acabas  de conocer más siete hijas, seis ya están grandes, son de compromisos anteriores, de mis frascasos matrimoniales. Para las mujeres son fracasos matrimoniales, para los hombres, en cambio, son frascasos matrimoniales”, me cuenta don Segundo mientras hace con su mano el popular ademán de tomar licor, “pero ya no puedo tener más porque ya me cogió la PV. ¿Sabe qué es la PV”. Niego con la cabeza. “La puta vejez”. Se me escapa una carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido? “Hace unos días estuve en Perú. Casi siempre voy a provincias, y en Lima hago una sola temporada que es en el mes del amor y la amistad, ahora vamos a ir a al Teatro Nacional, vamos a hacer un recital posiblemente con Eva Ayllon. En Lima cada año suelo hacer 3, 4 shows… has venido en tiempo de fiesta. Estamos en la fiesta de San Juan, que es una mezcla de rituales indígenas y mestizos… a mí no me gusta porque yo soy de una zona de negros, yo no soy de aquí, yo soy (del Valle) del Chota, una zona más baja donde habitan negros y mestizos, entonces como yo fui criado con los negros, mi folclore, mi cultura es negroide, en cambio toda esta zona de acá es indígena y mestiza. Al igual que en el Perú, lo rico del Ecuador es que hay muchas razas acá”.

Segundo Rosero delante de la laguna Cuicocha. Foto: Café Society©.

Capítulo tres: Los frascasos de don Segundo.

“Ya me he compuesto”, afirma tranquilamente el señor Rosero al hablar sobre las mujeres. “Ahora estoy tranquilo, acá me quedo. Yo me casé tres veces, me divorcié tres veces, conviví con seis mujeres, por eso tengo mis seis hijas grandes, tengo cuatro ya profesionales, mi primera  hija tiene la misma edad que mi mujer: treinta y cinco años”, me narra el intérprete de 17 Años, a lo que le pregunto si todas viven acá. “¿Mis hijas o las madres? -me responde con el humor que lo caracteriza-. Las madres son de diferentes lugares, una es de Colombia, otra de Perú, otra madre es de Venezuela, otras son ecuatorianas. Pero eso sí, siempre responsable con mis hijos. Es agotador hermano, pero una vez que ya los tienes debes hacerte responsable… si tuviera que nacer de nuevo haría todo lo que hice en esta vida, todo hermano, menos tener tantos hijos”, me refiere con una sonrisa pícara al mismo tiempo que saluda a un vecino suyo que pasa rápidamente por la acera del frente montando una destartalada bicicleta.

Capítulo cuatro: Más de 8 años viviendo en Perú.

“Vamos a comer algo con mi esposa y mis hijos como quien conversamos”, me dice don Segundo invitándome a subir a la camioneta de su esposa mientras se acomodaba para manejar. “Suba adelante, para que puedan hablar”, me indica gentilmente doña Diana. En el trayecto, la voz y sentimiento de América -como es bien conocido Segundo Rosero en los países latinoamericanos-, me relata cómo llegó a ser tan famoso en el Perú. “Ahora vivo en Ibarra porque está alejado del bullicio, como siempre paro haciendo shows, el venir a mi casa es para mí tranquilizador. Es paz. Acá estoy tranquilo, cómodo en polo, en buzo, no me afeito, tampoco me baño… no, mentira, es broma. Sí me baño. A veces. Pero, bueno, me alegra mucho que seas peruano, conozco a muchísima gente en Perú, tengo grandes amigos peruanos, compadres. Tengo más de 25 años yendo todos los años a Perú. Llegué cuando estaba en campaña política Fujimori y todo el Perú estaba empapado de Cambio Noventa. Yo fui porque había un empresario que falleció hace varios años que se llamaba “Chucho” Martínez, él producía un evento anual con los mejores boleristas de América, don “Chucho” trabajó con Julio Jaramillo, él fue quien lo llevó por primera vez y trabajó con Julio allá en Perú. “Chucho” Martínez hacía todos los años el Festival Internacional de Bolero, y de Ecuador pues había llevado algunos boleristas pero nadie le rendía, o sea el público de Perú no le paraba bola a nadie porque allá solo conocían a Julio Jaramillo, que, pues, ya había muerto. Yo comencé a entrar por el norte, yo no me metí desde la capital, como yo ya había pegado aquí en Ecuador entonces mi música comenzó por la frontera y llegaba a Tumbes, Piura, Cajamarca, Chiclayo; pero es cuando a mí me llaman de una feria muy famosa que hacían antes en Sullana, la feria de Sullana, en Piura, a la que llevaban a artistas internacionales, y este señor, “Chucho” Martinez, viene con Lucho Barrios o con Pedro Otiniano a la feria, me escucha cantar y le gusto y ahí contactamos. Entonces en el festival que él organiza me llama pero había un pequeño inconveniente: que en ese tiempo justo se estalló la bronca del enfrentamiento fronterizo. Entonces como aquí en Ecuador había una mala información, inclusive desde la escuela, muchas veces nos maleducaron diciendo que los peruanos son invasores, guerreristas y no sé qué y no sé cuántos. Bueno, el asunto es que yo me fui a cumplir ese compromiso, nos mandaron el pasaje, la plata para ir con mi grupo y para mí sorpresa, hermano, resulta que toda la gente me conocía. Fue un éxito total yo mismo me quedé admirado, la gente sabía mis canciones. De ahí es que con este señor empresario hicimos un convenio para promocionar mi música. En ese viaje me quedé unos días conociendo el ambiente, a la gente y me regresé, luego me fui solo llevando material, casetes, discos de carbón y fui a quedarme como un mes en Lima solo promocionando mi música y así comencé a trabajar y trabajar solo en promoción, no haciendo shows ni nada hasta que llegó una ocasión: era el último show de (Augusto) Ferrando en la televisión (Trampolín a la fama) y como él era bien amigo de “Chucho” Martínez me logró meter en ese evento que ha sido hasta hoy el récord de sintonía en la televisión peruana: más de 70 puntos de sintonía la despedida de Ferrando, mejor dicho todo el Perú lo vio y al viejo le canto una canción que se llama Nadie es eterno y al viejo lo hago llorar, ahí paradito al viejo que era tan alegre y todo. Y ese fue el programa que me lanza ahí en el Perú y la gente comienza a conocerme, a pedirme, a llamarme”, termina de decirme estacionando al costado de un lugar que concentraba algunos restaurantes y donde había una banda tocando música típica del sitio para preparar el ambiente de una fiesta que se iba a dar minutos más tarde.

Cuando recién comenzaba la fiesta en uno de los locales de Ibarra.

El señor Rosero llegó al Perú en el año noventa y dos, y se quedó a vivir en una casa cercana a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, casi una década. Y desde ahí ha compartido escenario con casi todos los artistas peruanos, “con Eva Ayllón hemos cantado un montón de veces”. “¿No llegó a conocer a Lucha Reyes?”, le consulto, a lo que me responde: “no, pero de hecho la he escuchado, para mí es una de las mejores cantantes que he oído, hay que sacarse el sombrero. Muchos de los músicos de antes sí eran de pura cepa pues, no como ahora que son pura maquina no más. Ahora los programas te afinan la voz, te crean artistas artificiales. Solo les gusta mostrar buenos cuerpos, nalgas y tetas en sus vídeos y en público, no cantan ni mierda, pero a los hombres les gusta verlas, eso no me gusta, ni tampoco los escándalos. En toda mi carrera nunca he provocado un escándalo, a mi familia me gusta mantenerla libre. El único escándalo que tuve fue cuando mi mujer se metió conmigo, por su papá”, pero la voz candorosa de su esposa interrumpe: “el escándalo estalló cuando él se metió conmigo”. “No le mienta al joven, dígale la verdad, yo no tenía más ojos que para el público, es que para mí todas eran mis fans -recuerda-… Yo estuve en el tiempo del chino (Fujimori), los fujimoristas eran mis panas”, y es en ese momento que lo interrumpo porque creo haber escuchado: “¿quiénes?”, le digo. “Los fujimoristas”. “Ah, yo escuché los terroristas”, le confieso. “Los terroristas también, si yo la primera vez que fui por Pichanaki y La Merced, fueron y me llevaron para cantar para adentro, para la selva y yo tranquilo, ‘ya camaradas, listo, ¿adónde vamos? Hágale’. Me quedé con ellos dos días. En Colombia también he cantado para la guerrilla y todo”, testifica desinteresadamente don Segundo, luego de ubicarnos en un restaurante mexicano y de mencionarme que “a esta hora no hay comida típica de acá”.

Segundo Rosero (55), su esposa Diana Flores (35), y sus hijos Zielo Rosero (7) y Markos Rosero (13) / Foto: Café Society©.

Capítulo cinco: Los medios de comunicación y las quinientas canciones.

Una vez que trajeron unas apetecibles fajitas, un sustancioso piqueo de carne con guacamole y té helado, tocamos el tema de su relación con los medios de comunicación, en el que me confiesa su constante evasión a estos. “Soy muy esquivo con los medios de comunicación, usted casi no me escucha en la radio -estando físicamente-, no me ve en la televisión, ni lee mis declaraciones en los diarios, casi nunca”. ¿Por qué? “Porque yo ya tengo un espacio ganado, usted sabe lo que es un clásico, es una persona que llega a un límite y ya no pasa de moda, ese soy yo, entonces ya no ando mucho con La chola chabuca”, expresa en un modesto lenguaje antes de mimar a su pequeña Zielo como todo un cariñoso padre afortunado de tener un inigualable regalo de arriba, de más arriba de donde están las nubes. Todo momento es preciso para engreír a su pequeña infante. “¿Cuantas canciones tiene?”, pregunto. “Más de quinientas, no las tengo coleccionadas todas porque mis primeras cintas se dañaron, antes se guardaban en cintas, pero algo tengo recopilado”. “Y de esas quinientas, ¿cuántas son sus letras?”, vuelvo a preguntar. “Por lo menos la mitad”. “¿Y sus mejores éxitos en cuál mitad se encuentran?”. “Vamos en miti miti porque yo he sido afortunado, los mejores compositores de Colombia, de Ecuador, de Perú, de México, de Bolivia, de República Dominicana, me han dado canciones y a mí siempre me gusta grabar canciones inéditas de los compositores viejos o canciones que ya fueron grabadas de los mismos compositores, entonces yo las vuelvo a grabar, las he modernizado, les he puesto mi estilo y han vuelto a pegar y otras que me invento… cuando estoy peleado con mi mujer no duermo con ella, me voy a dormir con la otra y como tampoco puedo dormir, a la una de la mañana estoy con insomnio y me voy a mi estudio y me pongo a componer canciones, ¿no ves que si una se pone rabiosa la otra se pone contenta?, entonces mejor no voy con ninguna y me pongo a componer canciones”, me bromea tan seriamente que se convierte en una verdad hilarante. Claro, otra persona podría creerle, pero no hay problema, su amada esposa conoce a su amado esposo y ambos amados esposos se compenetran perfectamente porque ellos son así. Así. Sin tapujos. Y donde no hay secretos ni falsas personalidades, es donde se consuma el amor… o donde nunca llega a nacer. “Lo que pasa es que la inspiración viene del amor, de lo que le pasa a uno en el día a día. Mire, soy músico no en el sentido académico, sino en el sentido natural, yo soy músico desde el vientre de mi madre, mi madre no era artista pero la mamá de mi mamá cantaba muy lindo y en ese tiempo acá no se cantaba en escenarios sino en fiestas privadas de casa, entonces se armaban fiestas con guitarra y cajón y mi abuela se enamoró de mi abuelo que era músico así de banda, entonces por ese lado yo nazco con las notas musicales en la sangre, aparte que mi abuelo paterno también tocaba guitarra, yo no conocí a ninguno de mis abuelos, solo a mi abuelita, la que  cantaba bonito. Como yo soy de pueblo, de campo, fui criado con los sonidos de los pájaros de los árboles, del río, del viento, porque aunque la zona es baja, estamos rodeados de montañas. Fui criado hasta mi adolescencia en mi tierra con los negros, con sus costumbres, con su música, por eso culturalmente yo soy negro, y después ya he vivido en varios lugares”, expresa Segundo Rosero al acabar sus fajitas y dejar un poco de cebolla en su fuente. “Le dicen fajitas porque después terminas fajado”, me dice el cantante de Te quiero, te quiero dejando descubierta su barriga.

Regalos peruanos que Segundo Rosero tiene en los ambientes de su casa.

Capítulo seis: El bolero y el tema cultural en Ecuador.
“¿Cuales son los ingredientes especiales que tiene que tener un bolero?”, le digo al mismo hombre que ha hecho, hace y seguirá haciendo estremecer el alma de miles de personas al escuchar sus canciones, entretanto que tomamos nuestro té helado y el mesero recoge las fuentes de fajitas. “Mira, hay muchos ritmos que trajeron los españoles a América que en general no son autóctonos de acá pero que les hemos dado formas, el vals no es peruano, el pasillo no es ecuatoriano, el bolero no es cubano, la ranchera no es mexicana como género, pero nosotros le hemos dado la forma a todo lo antes mencionado. Es como si nos hubieran traído a un niño desvestido y lo hayamos vestido a nuestro gusto. El tango no es argentino, es francés pero en argentina le han dado su color y su forma, donde es único”, me cuenta sacándome de la ignorancia en la que vivo musical y totalmente inmerso. “¿Cómo va el tema cultural aquí en Ecuador?”, pregunto. “Sí hay movimiento, yo creo que los gobierno de izquierda promueven más las cultura que los gobiernos de derecha. A un rico le importa una mierda el folclore, ponen a artistas extranjeros que dan la hora y listo. Pero a la gente de izquierda sí nos interesa rescatar, prevalecer y apoyar a la cultura, al folclore. Es que esa es la parte esencial de la vida, del pueblo: el pueblo que pierde su cultura, su folclore, desaparece. Es como si en Perú perdieran el baile de las tijeras, el huaino, la marinera, desaparecen como país. Aquí es igual. No han ayudado en la medida que se debería pero mira lindos teatros reformados, aquí tenemos uno de los mejores teatros de América, La Casa de la Cultura en Quito, es un escenario de primera y eso lo ha hecho la izquierda gobernante, antes con gobierno de derecha no había nada”, me detalla don Segundo mientras nos dirigimos a la camioneta en la que nos trajo. “¿Tienes dónde quedarte”, me pregunta mientras caminamos. Mi respuesta es negativa porque le explico que solo es un viaje de ida y vuelta, porque esperaba pasar la noche en el hotel donde me hospedo en Quito. “Mi amor, ¿el cuarto de visita está limpio?”, le pregunta ahora a su esposa. “Sí, gordo, solo falta ordenar un poco, llegamos a la casa y lo ordeno para que te quedes”, termina refiriéndose a mí la señora de Rosero. “Quédate en la casa y mañana nos vamos al mirador luego y a la laguna Cuicocha, que es una laguna que se ha formado en un cráter de un volcán en actividad”, me dice don Segundo. Ante tan gentil e inesperada invitación, extrañamente y casi de inmediato, accedo a quedarme. Y digo “extrañamente” debido a que soy una persona bien vergonzosa porque creo que por el solo hecho de conversar con alguien ya lo estoy incomodando. Solamente han pasado un par de horas desde que estoy con aquella familia y me sentía en total confianza. La humildad, el buen ánimo, la actitud meliflua, morigerada, servicial y totalmente transparente de la familia Rosero Flores me hace sentir cómodo. Tengo mucho trabajo esperándome en Quito, pero qué diablos, puede esperar.

Algunos reconocimientos en el pequeño salón de eventos que tiene don Segundo Rosero en su hogar.

Capítulo siete:  Un periodista peruano que nadie conoce ni en pelea de perros.

Amanece en Ibarra. El Sol se abre paso como el rey que es. Doña Diana -de tan solo treinta y cinco años- prepara un delicioso desayuno compuesto de huevos, tocino, un queque que había preparado un día atrás y leche natural. Sí, de vaca. Todo lo contrario a lo que hace Gloria en el Perú. Esta es un ventaja de vivir en un pueblo alejado de la urbe tecnológica. En su sala comedor hay una tele, pero preferimos conversar. “En esta televisión hay personas que cuando llegan a ser conocidos solo se mueven en torno al rating, al figureteo… yo no sé si este señor (uno que su nombre comienza con Phillip y termina con Butters) dijo lo que dijo naturalmente (acerca de los adjetivos insultantes y racistas hacia el delantero Felipe Caicedo y los jugadores ecuatorianos) o lo hizo con segunda intención para justamente armar polémica para que le paren bola en Ecuador y que su nombre suene, porque a ese señor aquí en Ecuador no lo conocen ni en pelea de perros, pero sé que en Perú también lo conocen por los bochinches que ha armado y anclándose de tema en tema, creo que solo una vez estuve en Radio Capital en una entrevista con ese señor y si voy a hablar por mí creo que cuando me entrevistó se portó muy bien conmigo, yo no tengo nada que hablar en ese aspecto. Por eso digo, yo no sé si lo que hace lo hace por su naturaleza, que no creo, o lo hace con segunda intensión tipo Magaly, tipo tantos otros que si no arman bochinches y si no hacen figureteos no están en la palestra, aquí en Ecuador realmente ha caído de lo más mal y si a ese señor se le ocurre venir alguna vez para aquí a Ecuador va a salir a huevazos y tomatazos. Antes de que ese señor haga bulla yo tampoco me acordaba, creo que lo conocí hace dos años en Radio Capital. Pero, como vuelvo a repetir, el señor se portó muy bien conmigo, me hizo una buena presentación, me demostró admiración”. “¿Dónde está la ética, dónde queda la dignidad de una persona que busca polémica de esa forma?”, le pregunto después de agradecer por la comida, que había sido, con toda sinceridad, lo más rico y parecido a la comida del Perú que había probado en diez días. “Debe ser que él tiene una intención maquiavélica, que lo conozcan a costa de lo que sea, hay gente que es así, incluso a costa de vidas humanas, no importa. Con tal que los conozcan. Por ejemplo aquí en Ecuador no conocen mucho a los periodistas de Perú, las personas viejas conocen a Hildebrandt pero pregunte al resto de público y no lo conocen, a Bayly sí, a Magaly Medina también, pero a la que sí la conocen pero justamente por ser como es, es a Laura (Bozo), vaya al mercado y pregunte sí conocen a Laura de Perú, todo el mundo sabe y la conoce pero no la conocen en bien, eso es lo malo. Mira acá como ha habido pronunciamientos de la gente corriente, ha habido pronunciamientos de todos lados, hasta oficiales del Congreso. Una congresista dijo que sentía vergüenza que este colega periodista haya utilizado esas discriminaciones para hacerse conocer, realmente es una vergüenza, no debe ser así”. “¿No es lo que se dice, sino la forma en la que se dice, señor Rosero?”. “Mire yo soy de una zona negra de acá del Valle del Chota, al negro le gusta que le digan negro, a mi hija yo le digo mi negra porque es trigueña, tengo alumnos negros, tengo ahijados negros, tengo compañeros de música negros, yo no tengo ningún problema en decir ‘oye mi negro, ¿qué hubo?’ Porque es una forma de llamarlo, pero si tú le dices oye negro y cosas insultantes, ya cambian las cosas. Además también importa de quién venga. Y esto pasa con indígenas, mestizos, blancos, etc. Mire, no creo que sea motivo para armar conflicto entre países, es un tipo que dijo eso, es un idiota, no hay que darle bola. Dejen que la misma gente se encargue de mandarlo al diablo, si usted ve lo que dicen los ecuatorianos en redes sociales no tiene nombre, ese tipo se lo buscó. Igual usted sabe lo que son los periodistas hermano, entre ellos mismos se sacan los cuernos al sol y se comen”, me va expresando mientras bajamos a la cochera del primer piso para subirnos ahora a su camioneta, una Jeep Grand Cherokee que “es un avión, solo los conocedores podrán saber la máquina que es. Me encanta este carro, ya le he dicho a mi mujer que cuando me muera me tiene que llevar acá a mi entierro”. Muy poca gente sabe que a don Segundo le gusta hacer piques de autos de vez en cuando, que ha servido al ejército ecuatoriano y que es un simpático admirador de las artes marciales, de las cuáles ha practicado varios años algunas como el Kung-fu. Además no se pierde por nada su ecuavóley. “Es un vóley pero ecuatoriano, es diferente porque cada equipo tiene solo tres jugadores en una cancha de ocho por ocho y la ned está a dos metros cincuenta de altura. Yo jugaba de joven y me gusta jugar hasta ahora claro que ahora juego con viejos, si juego con jóvenes me sacan la chucha”.

Segundo Rosero y su adorada Jeep Grand Cherokee / Foto: Café Society.

Capítulo ocho: La indiferencia para el lujo.

Llegamos al mirador de Ibarra, desde ese punto se puede apreciar la ciudad blanca del Ecuador y la laguna Yahuarcocha adornando a la pequeña urbe. Apreciando a la inigualable naturaleza serrana sale un tema esencial de conversación en estos casos: las necesidades versus el lujo. “Yo tengo las cosas básicas, lo que me puede servir, yo conozco lo que es el lujo y me da igual. He almorzado en los palacios del mundo, en las casas reales, y también he almorzado en la asociación de lustrabotas en Lima, en los comedores en Colombia, en las cárceles. Si almuerzo con el presidente, con el ministro, con el Congreso con el salón real, me es indiferente que si almuerzo en un salón sencillo con los lustrabotas por ejemplo, no me pasa nada, no es que tampoco lo vea igual pero a mí no me pasa nada Duermo en Sheraton, puedo dormir en el Marriot y he dormido en una casa de esteras, he dormido en un colchón en el piso. No hay problema. Una vez fuimos a cantar a Celendín (Cajamarca) y en la casa a la que llegábamos vivía tanta gente que apenas había un espacio ahí con unos colchones tendidos y resulta que el bus en el que habíamos llegado desde Chiclayo tenía las dos llantas abajo y eran las dos de la mañana. ¿Quién nos va a auxiliar a esa hora? Los músicos se fueron a dormir en el carro pero a mí no me gusta dormir sentado, nunca duermo en los carros, entonces la señora me puso un colchón ahí en el cuarto llenesito de gente y niños todo durmiendo y ahí me eché, la señora me tapó con un mantel de mesa y me quedé domidazo.  Al día siguiente la señora estaba toda avergonzada, y le dije ‘no pasa nada señora, más bien muchísimas gracias por darme un espacio en su casa’. Después el hijo, que era uno de los que me contrató, me mandó una carta bien bonita me decía que es lo más lindo que a él le había pasado: ver a un artista tan grande tan famoso tan normal. En mi pensamiento no me sube el ego si yo duermo en un hotel cinco estrellas, si hay chance de dormir en un hotel cinco estrellas chévere pero si no, no pasa nada. A mi hijo, al igual que a mí, le gustan los carros  de carrera y yo le digo que se lo va a poder comprar cuando trabaje y tenga dinero y si no te puedes comprar un carro básico y no pasa nada. Yo lo hice porque pude, es más, yo nunca trabajé para eso, yo no era un loco obsesionado que pensaba que tenía que trabajar hasta matar para tener un carro de esos, no”, cuenta el señor Rosero ya en camino a su imperdible juego de ecuavóley junto a amigos “veteranos”.

Segundo Rosero en el mirador de la ciudad de Ibarra / Foto: Café Society©.

Capítulo 9: La izquierda que trabaja para el pueblo.

Tras dos horas de intenso juego bajo un sol que hacía lo que quería con los que no estaban protegidos bajo un techo, regresamos a su casa para poder ir a Cuicocha, en el camino me habla sobre un tema que debería importarle a todo ciudadano interesado en el progreso de su país: la política. “Nosotros, los países sudamericanos, deberíamos ser mejores que los países europeos, miras a los países europeos que después de la Primera y Segunda Guerra Mundial se quedaron en el piso, sus tierras no producían nada, todo el mundo en bancarrota, miserables y por eso hubo muchísima migración europea hacia aquí en América. Mira a Japón, con bombas atómicas y todo cómo han sabido levantarse, Corea es pura disciplina, la gente que entró a gobernar pensando en el país no en sus familias ni en sus grupitos, aquí doscientos años igual que en Perú en Latinoamérica las mismas familias de ricos  se encuentran gobernando el país para hacerse ellos más ricos, ¿y la gente qué? Doscientos años pobres. El problema de la derecha es que un sinvergüenza derechista rico te puede ver doscientos años pobre y no se conduele, en cambio la izquierda no, aunque robe pero siempre hacen algo por la gente, mira aquí en diez años los cambios que han habido mira no es por, pero nada nosotros tenemos las mejores carreteras de Latinoamérica y en doscientos años de gobierno de derecha las carreteras parecían caminos de herradura. Tú te hacías de aquí a Quito cuatro horas, a Guayaquil te hacías un día, y mira ahora las autopistas que tenemos. Antes, con los gobiernos de derecha, yo pagaba más que el hombre más rico de Ecuador en impuestos. Los ricos pagaban tres mil quinientos millones de dólares de impuestos y ahora pagan veintisiete mil millones de dólares en impuestos, ¿cuánto le han estado robando al Estado? Con los gobiernos de izquierda acá, se tuvo la Ley de comunicación. Por ejemplo, a ti te podían decir violador, matón, sinvergüenza, ratero en un titular grande. Y tú tienes el derecho a tener el mismo espacio en el mismo porte y en el mismo lugar para hacer la réplica y defenderte. Y los periodistas tiene que asumir la consecuencia de lo que hacen y de lo que dicen”, me cuenta hasta llegar a su casa. Espero a que se aliste junto a su esposa; sus hijos; la hermana de su esposa, y la hija de la hermana de su esposa. Todos suben esta vez a la camioneta de su esposa. Don Segundo está al volante. Subimos unos kilómetros cuesta a Cuicocha. Nos tomamos fotos. Entramos a la lancha que nos hace un rápido tour por el cráter del volcán en actividad, por ahora convertido en laguna. El tiempo se pasa volando. Ahora sí debo regresar a Quito. Volvemos a la carretera, su hija y su sobrina entonan la última canción de su padre: Quédate junto al reggaetonero K-Diel. Tranquilos. Ya se lanzará oficialmente. Es un simpático reggaetón con arreglos de instrumentos andinos como zampoña y guitarra. Me dejan en el paradero de buses para retornar a la capital ecuatoriana. Me da nostalgia dejarlos. Solo ha pasado un día y parece mucho más tiempo. Así juega el tiempo. Así juega la vida. Ibarra me deja un sabor a chocolate blanco que me gusta, un sabor a miel, de esos que quedan en la memoria. Una de las letras de las canciones de Segundo Rosero reza “nadie es eterno en el mundo”, y tiene razón, lo más cercano a la eternidad son las ciudades. Su arquitectura. Su gente. Su energía. Y si esta terna es positiva, muchísimo mejor, así… así como la Ciudad Blanca del Ecuador.

Segundo Rosero tratando de rechazar la bola, junto a sus amigos en el famoso ecuavóley / Foto: Café Society©.

Nota: Mientras pasaba tiempo con este gran ser humano, le mencioné que escribiría una crónica sobre nuestro encuentro. A lo que me comentó: “Ponle de título: ‘Crónica de una vida anunciada’… no, mejor ‘Crónica de una muerte renunciada’, sí esa está mejor”. Así sería, pero creo para don Segundo Rosero la muerte es una situación normal, una situación que no podrá con él, con un clásico. Es una muerte que, para la mala suerte de esta -tal y como sus frascasos matrimoniales-, quedará enfrascada en un pomo, un pomo del que no podrá escapar. Hay cosas que son eternas, lamentablemente, la muerte no es una de ellas. La música sí.

Foto: Café Society©.

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