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El cuento de la semana: “Demasiado amarre”, por Carlos de la Torre Paredes

Demasiado amarre

Por Carlos de la Torre Paredes 

Francesca escucha al hombre que está adentro agradecer por el servicio.

El sujeto sale precipitado, con la cabeza gacha, sin mirar a nadie. Avanza directo hacia el final de la galería y desaparece tras la esquina que da a la salida.

–          ¡Siguiente! – la voz del maestro retumba desde dentro.

Está nerviosa. Toma aire y se pone de pie; si pierde demasiado tiempo de seguro algún otro que está en la fila le quitará su lugar.

Atraviesa una cortina de tela y de pronto se encuentra en una pequeña habitación, repleta de símbolos religiosos, figuras de santos, velas, fotografías de todos los tamaños de distintas personas y cráneos de humanos y de animales. En medio, hay una mesa cuadrada, cubierta por un mantel negro, sobre el que descansa una cruz de metal, y una figurilla de la muerte. Tras la mesa, un hombre obeso la observa, la invita a sentarse.

–          ¿Cuál es tu nombre? – pregunta con voz ronca.

–          Francesca.

–          ¿Para qué has venido, Francesca? Eres muy joven.

–          Mi novio… me dejó.

–          Y quieres volver con él.

–          Sí.

–          Puedo hacerlo.

–          Hágalo.

–          ¿Estás segura?

–          Hágalo.

–          Debes comprender, Francesca, que en caso de hacerlo, él no te amará realmente, solo estará embrujado. Lo que tendrás a tu lado será tan solo el cascarón del muchacho que alguna vez fue… ¿Cómo se llama?

–          Pedro…

–          Ya no será más Pedro; se parecerá a él, responderá al nombre, pero nada más. Para guardar una vela primero tienes que apagar su flama. ¿Estás segura que es lo que quieres?

–          Lo amo. Estoy segura.

El sujeto sonríe.

–          ¿Tienes una foto?

–          Sí.

–          ¿Alguna prenda?

–          Sí –responde sacando una trusa de su cartera.

–          ¿Cabello?

–          Aquí tiene.

–          Muy bien. Ahora vamos a hacer unos rezos, pero luego debes seguir haciéndolos en tu casa; siguiendo siempre las instrucciones que te daré. Y te costará doscientos soles.

–          Está bien.

Francesca no sabe cuánto tiempo pasa. Reza una y otra vez junto al sujeto, fuma unos cigarros que le da, todos amarrados con una cuerda delgada. Luego es golpeada suavemente con ruda en la espalda y, para terminar, le escupe un menjunje con un extraño olor dulce.

Regresa a casa algo mareada y cansada, pero alegre de haber cumplido su objetivo. Esa misma noche debe dibujar una estrella de seis puntas con tiza en el suelo de su habitación, poner velas como le indicó el sujeto, colocar la bolsa con los objetos de Pedro en medio de la estrella y rezar hasta que se apaguen las velas; luego, durante la madrugada, debe salir y elegir el jardín de alguien que no la conozca ni a ella ni a él y ahí enterrar la bolsa.

Cuando despierta, siente el peso de la mala noche sobre su cuerpo; todo el proceso le tomó hasta las tres de la madrugada; además del esfuerzo que implicó escabullirse hasta el jardín de un desconocido y cavar lo suficiente para enterrar la bolsa. Sin embargo, ya hizo lo más difícil: por los próximos seis días solo tiene que dibujar la estrella de seis puntas y rezar hasta que se apaguen las velas.

Y eso hace, cada día, a la misma hora, empieza el ritual para tener a Pedro nuevamente.

Resulta. Pues no pasa un día de haberlo terminado, cuando Pedro la llama al celular: Quiere hablar.

Francesca tuvo razón en buscar a ese brujo, uno de los más recomendados de su distrito. Todo está saliendo tal y como dijo. Ahora, cuando esté a solas con Pedro, debe darle de beber un brebaje que terminará de hechizarlo, para siempre.

El brujo le pidió usar la misma trusa durante los siete días y ahora lo que debe hacer es una enjundia de su esencia, hirviendo la prenda junto con algunas hierbas; para lo cual espera que sus padres y hermano estén fuera de casa.

Tiene poco tiempo antes que Pedro llegue para conversar. Lo hará pasar y le invitará un té… Según lo que le dijo el brujo, él no lo rechazará. Luego de beberlo ya no habrá marcha atrás; Pedro pasará a pertenecerle; lo que ella diga será una ley irrefutable.

Tocan el timbre. Sus padres y hermanos ya llegaron a casa y es su madre quien atiende. Saluda a Pedro con emoción, tanta que Francesca se entera que ha llegado antes que su madre lo grite a toda la casa.

Sale de la cocina en dirección a la sala, dónde la espera. Se saludan chocando las mejillas. Ella le sonríe, él responde la sonrisa.

–          ¿Qué tal? –es ella quien empieza.

–          Bien –baja la mirada, la sonrisa le tiembla.

–          ¿Qué pasa?

Ella sabe qué pasa y empieza a sentir lástima por lo que está haciendo… Pero lo ama, lo ama más de lo que cree puede llegar a amar alguna vez en su vida y no dejará que ese amor se desvanezca en los labios de otra.

–          Han sido días difíciles.

–          Lo sé… la universidad…

–          No solo eso…

Sabe que es el momento, debe aprovechar su debilidad para terminar de embrujarlo.

–          ¿Quieres un té?

–          Sí, por favor.

Francesca se levanta apoyándose en el hombro de Pedro y va hacia la cocina, donde la espera el brebaje. “Solo unas gotas”, le dijo el brujo; se pregunta si bastarán. Sabe que sí, hasta ahora todo ha salido tal cual se lo relató.

Sale con la taza de té lo bastante cargada, cómo para camuflar el sabor de la pócima.

–          Ten.

–          Gracias.

–          ¿Qué ha pasado?

–          No me he sentido bien últimamente –Pedro baja la mirada y sopla el té.

Francesca lo observa, siente que se le seca la boca.

–          No quería que terminemos así –dice él levantando la mirada, buscándole los ojos.

–          Lo sé –responde ella, acariciándole el muslo con cariño; lo siente temblar.

Se da un silencio, ambos se miran. Ella sabe que si no hace algo pronto lo siguiente será un abrazo… Y lo extraña tanto, que quisiera perderse en sus brazos, caer dormida como aquella vez que pudieron escaparse de una fiesta y entraron a un hotel –gracias a su recién adquirido DNI–… pero no puede perder el tiempo con eso. Él debe beber el té, o correrá el riesgo de que lo deje de lado.

–          ¿No te lo vas a tomar? –Francesca interrumpe el silencio.

–          ¿Ah?… Sí… Ves, ese siempre fue el problema –Pedro parece incómodo.

–          ¿De qué hablas?

–          Siempre quieres controlarlo todo.

–          ¿Qué te pasa?

–          Discúlpame –él vuelve a bajar la mirada.

Si no tiene cuidado puede perder su concentración, echar a perder toda la semana de trabajo.

–          Discúlpame, tú, Pedro. No pensé que te sentías así.

Él levanta la mirada, sonríe.

–          Te extraño –le dice.

Ella responde sonriendo. También lo extraña, y demasiado. Piensa en que tal vez ya no sea necesario embrujarlo, tal vez con el empujoncito de los rezos bastó para recordarle el amor que los une, un amor que se les clava en la piel como agujas buscando el tuétano.

–          Y yo a ti –responde mirándolo a los ojos.

Quiere besarlo, saltarle encima y decirle cuánto lo ha extrañado, que lo ama con locura. Nota que él quiere lo mismo; la mira fijamente, como perdido… Pero ella retrocede. Primero debe asegurarse que beba el té.

Pedro se muestra confundido.

–          ¿Qué pasa? –le pregunta.

–          Nada.

–          ¿Y por qué…? En verdad no te entiendo.

–          ¿Qué es lo que no entiendes?

–          Por qué actúas de una forma y luego de otra.

–          Pedro, no es así.

Él aleja la taza y la pone sobre la mesa de centro. Francesca sigue todo el movimiento con la vista, sin querer detiene su respiración, sus manos empiezan a sudar.

–          Es lo que dices –continúa Francesca–. Estos días han sido complicados.

–          Sí…

Entonces tiene una idea y se pone de pie.

–          ¿Qué pasa? –pregunta Pedro.

–          Quiero un poco de té, iré a servirme uno.

Y, en pocos segundos, ya se encuentra nuevamente junto a él, con su propia taza –de manzanilla– en la mano. Si el que ella esté tomando una infusión no lo lleva a sorber de su taza, Francesca ya no sabrá qué más hacer; pero lo que sea, tiene que ser antes que él se vaya, pues el brujo fue muy claro al decirle que no desperdicie la primera y única oportunidad que tendrá.

–          ¿Y qué es lo que quisieras? –Francesca retoma la conversación.

–          Creo que ese es el problema. No sé, en verdad… estos días he sentido que las ideas se me alborotan. Es como si anduviera sin saber a dónde, como esa vez que caminamos entre la niebla sin saber en qué momento llegaríamos al restaurante del muelle.

Ambos quedan en silencio. Él se agacha para recoger su taza y, sin pensarlo, se la lleva a la boca para sorber de ella. Francesca sigue cada paso con emoción; lo ha logrado.

Entonces él busca su mirada y le sonríe. Francesca está emocionada, sabe que ha funcionado. Sin embargo, siente un profundo vacío en el estómago al notar que los ojos de Pedro ya no son los mismos que los de hace solo un instante. Se trata de un cambio que la confunde, pues no han variado su color ni su forma, tiene más que ver con ese brillo que parece venir desde el interior de cada uno; ese brillo se ha opacado.

Pero Pedro no le da tiempo a reflexionar más. La toma de la mano y empieza a besársela. No sabe si lo que ha hecho está bien, pero ya no hay vuelta atrás, pues él nunca debe enterarse de que su amor incondicional depende de un poco de magia negra.

Pedro no pierde tiempo, rápidamente ha pasado al cuello.

–          Perdóname –dice mientras la besa–. Te amo. No puedo vivir sin ti.

Esos labios que tanto añoraba diluyen sus reflexiones, solo quiere dejarse llevar, envolverse en sus besos y rodar por la colina de flores al que la transportan sus abrazos. Lo extrañaba tanto…

Así pasan un par de horas, besándose y jurándose amor eterno, nunca más separarse. Hasta que pasan de las siete de la noche y Francesca sabe que, por ser domingo, su familia ya debe encontrarse reunida en el comedor para tomar lonche; teniendo a Pedro en casa, tiene muy claro que por el bien de su relación frente a los ojos de sus padres, debe invitarlo a sentarse a la mesa.

Le pide que la acompañe y van directo al comedor.

Cuando llegan ya todos están sentados a la mesa, con los panes a medio comer y las tazas solo medio llenas.

–          Los estábamos esperando –le confirma su madre, con voz dulce–. Tomen asiento –continúa mientras ella se para.

–          Gracias, señora –contesta Pedro, cumpliendo adecuadamente su rol de invitado.

–          Aquí mi hijita, junto a mí.

–          Gracias, mami.

–          De nada, hijita –le dice su madre tomándola de la mano–, hay queso, mantequilla, jamón –la suelta para ir al otro lado de la mesa– y de tomar hay jugo instantáneo que compró tu hermano y un poco de ese té que dejaste en la cocina, lo puse en esa tetera.

Francesca se queda helada. No sabe qué decir, qué hacer. ¿Qué podría suceder si otras personas toman de la pócima?

–          ¿La han probado? –es todo lo que atina a preguntar.

–          Sí –responde su familia en coro, todos mirándola fijamente con sonrisas que le producen calosfríos.

–          Estaba realmente rico, nos tienes que decir qué yerbas has usado –le dice la madre antes de poner sus manos sobre sus hombros y hacer una ligera presión que busca ser un ligero masaje– ahora siéntate y come, mi hijita preciosa –agrega mientras sus manos pasan a acariciar los brazos de Francesca, una y otra vez–, vas a ver que la comida que te hizo tu mami te gustará –le comenta casi al oído, bajando poco a poco la voz, y le aprieta un poco los brazos justo antes de tocar delicadamente el lóbulo de su oreja con la punta de la lengua.

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