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El cuento de la semana: “Las correrías”, por Haydith Vásquez del Águila

Las correrías

Tres uitotos corrían con desesperación trepando de tanto en tanto un árbol agonizante. Con las piernas entumecidas intentaban perderse en la espesura de la selva, aferrándose a las ramas, burlando las antorchas y los perros de caza. Uno de ellos logró treparse a un corpulento Shihuahuaco, pero ante la violenta acometida de sus perseguidores, que disparaban profusamente al aire, tuvo que dejarse caer rendido por el cansancio. Su respiración exhalaba miedo.

Los otros dos fueron capturados un par de kilómetros más allá, cerca al río Cahuinarí.

Amarrados de pies y manos con gruesas sogas, avanzaban lastimeramente. Vestían guayucos e iban descalzos. Ninguno tenía más de diecisiete años.

Al amanecer llegaron al campamento, el barracón era conocido como la Chorrera. Dos hombres de piel cobriza que hacían las veces de vigilantes les dieron la bienvenida arrojándoles agua sucia.

El capataz hombre bajito y rechoncho los vio llegar desde la alberca de la casa, mientras trataba de alejar alguna pesadilla, fumándose un cigarrillo Colomy. Algunos esclavos y servidores del capataz estaban desperdigados por el amplio terruño dentro del alambrado, comían en pates unos frejoles colorados con yuca, bebiendo alternadamente de una botella un líquido humeante. Un hombre vestido con turbante y túnica blanca, movía con un improvisado cucharón una especie de sopa dentro de una paila descomunal, sostenida por carbones que desprendían una llamarada azul. Los uitotos recién capturados, avanzaban a empujones hacia la casa del patrón. Al pasar cerca de la paila, Jituri vio con asombro como el cocinero saltaba, contorneándose en una danza feroz.

Su captor era un hombre barbudo secundado por dos cocamas que hacían de traductores, los tres después de asearse superficialmente se acercaron a paso ligero hacia el capataz que esperaba con el ceño fruncido. Jituri no entendió lo que decían pero comprendió por las señas que discutían. El capataz con la funda de su arma le propinó certeros golpes en la cara al captor.

  • Te dije que los quería vivos, espetó el jefe.
  • Aquí los tiene señor contestó sumisamente el barbón.
  • Estos están más muertos que vivos. ¡Apestan! -Levantó la mano en señal de autoridad- ¿Cual de ellos es?. -Rugió- Cual de ellos es el Chamán.

El apresador se mostró vacilante. Olía a aguardiente. Al no obtener una respuesta clara, el capataz se acercó a un cocama que retrocedió con miedo, empequeñeciéndose aun más. Al ser interrogado, instintivamente señaló a Jituri.

Jikofo y Pauniri eras los hermanos menores de Jituri, los tres uitotos desaparecidos la noche anterior, que en ese momento eran intensamente buscados por sus hermanos. A los tres les parecía estar escuchando el llanto lastimero de su madre.  El mayor de ellos, Jituri era el heredero de la leyenda de Curbinata la madre del pez Cajaro, según la tradición de su pueblo.

La corpulenta procacidad del capataz era intimidante aun para él, quien no le temía a nada ni a nadie, pues al nacer su abuelo lo había bañado con la sangre de una serpiente ciega a la luz de la luna.

Cuando se le acercó miró al hombre sin agacharse, desafiando el temblor de sus costillas, mientras contenía su respiración infestada de pronto por el humo que este desprendía. Con sus diminutos ojos lo escudriñó de pies a cabeza. Jituri pensó por un momento que se desmayaría.

La mano regordeta del capataz lo tomó por sorpresa, cuando lo empujó pacíficamente en dirección a la casa. Se volteó un segundo para ver a sus hermanos, en el instante que estos eran arrastrados por los vigilantes hacia una de las casuchas.

Entraron a la casa principal, seguidos por uno de los cocamas.

¡Traidor! -pensó Jituri-. Trabaja sirviendo a hombres blancos, abandonando a su familia ¡cobarde!. Hoy al amanecer huiré con mis hermanos, sonrió dándose valor.

El interrogatorio fue breve. El cocama le preguntó su nombre y algunas cosas sobre su origen.

  • No tengas miedo, mi patrón necesita de tus servicios. Susurró muy despacio, achicando su voz, como si el capataz conociera el dialecto que hablaban.
  • No tengo miedo, tengo hambre, y mis hermanos también. Dijo en tono desafiante el chico.

El cocama habló con el jefe y este ordenó de inmediato a un sirviente, con un rápido movimiento de manos, que les dieran de comer a los tres hermanos. Lo desataron antes, sentándolo en un banco cerca a una ventana de donde podía divisar que la orden se cumpliera para los otros.

Se atragantó gustoso con la yuca y el trozo de majaz. Ambos le parecieron un manjar delicioso. Mientras bebía un trago de agua secándose la boca con el codo, vio acercase nuevamente al traductor y al capataz.

Le contaron en su dialecto lo que acontecía. La mujer del capataz había huido con un trabajador. El jefe necesitaba hacerla volver con algún artilugio mágico, que utilizaban ciertos chamanes de la zona.

Jituri escuchó complacido el problema de ese hombre poderoso, aquel que infundía terror en toda la ribera del Cahuinarí e Igaraparaná, recordó como este había mandado capturar mediante las correrías a muchos de sus hermanos, los mataba abominablemente si se negaban a ser esclavizados o huían, exterminó a casi todos los hombres de su maloca utilizando el cepo. Todo por la ambición del caucho -pensó el muchacho- hasta enfermó de pena a mi abuelo el verdadero Chamán. Se le abrió el apetito de venganza.

Sin más demora Jituri aceptó el trato, ayudaría al capataz si soltaban a sus hermanos. Al anochecer de ese mismo día, los vio partir escuchando a lo lejos el compás de un Maguaré que anunciaba una reunión de hombres uitoto en alguna retirada maloca.

Comenzó su trabajo con una admirable habilidad para sus años. Pidió que le trajeran expresamente hojas de coca con ceniza de yarumo para abrir su cosmovisión en la penumbra, pintándose con achiote se preparaba para la larga noche que se avecinaba.

Se encerraron dentro de una pequeña maloca, alejada de la casa principal, afuera tres vigilantes custodiaban la salida, el hombre rollizo sentado sobre una estera con el torso desnudo era sacudido por los violentos buches de aguardiente que le largaba el chamán.

Primero con el mambe, luego con ayuda de la planta de ayahuasca, Jituri invocó a la diosa “Curbinata”, mostrándole las atrocidades que este hombre cometía contra su pueblo. Al mismo tiempo entonaba ícaros para que el capataz viera lo que deseaba: la impía en brazos de su amante cruzando la frontera hacia el Brasil. Fue entonces que el chamán le prometió hacerla volver arrepentida. Entrará a la Chorrera en dos días, le dio su palabra. Lo que no quedaba claro era en que circunstancias volvería.  La forma parecía no importarle al capataz.

  • Me la traes de vuelta inmediatamente –Deseó el traicionado- Al amanecer el hombre se quedó dormido por el exceso de impresiones y alucinógenos. En tanto que el chamán no podía dormir por la emoción de ver consumada su venganza.

Por la mañana el jefe del campamento no se despertaba, los jefes caucheros rodearon furiosos a Jituri, quien se mostraba lozano como un muchacho cualquiera, sin ínfulas de la autoridad que su posición le otorgaba. Con voz calmada les decía que no se preocuparan. Que el jefe estaba pronto a despertar y que en un par de días la esposa estaría de regreso.

Esperaron varias horas para ver al capataz por fin abrir los ojos. Se mostró reposado, muy contento con la perspectiva de ver llegar a su mujer suplicando perdón. El desagravio a su honra merecía cualquier aparente ridiculez ante sus hombres.

Su despertar estuvo acompañado de insoportable hambre y sed, ordenó que le prepararan un pescado asado en hoja, lo ansiaba con desesperación. A un costado Jituri tarareaba una melodía sin aparentes conflictos. Por dentro sentía que se había hecho hombre.

El capataz disfrutaba del platillo solicitado, pero en cuestión de minutos al engullir un bocado grande cayó de bruces, con estridentes jadeos, se retorcía señalando su cuello con un agudo dolor. Trataron de auxiliarlo pero la espina clavada en su garganta le impedía respirar bien. Corrieron en busca del médico, pero ya era demasiado tarde. Murió sin mayor ceremonia, ante los ojos de esclavos y trabajadores.

Algunos hombres miraron con desconfianza al chamán. Unas voces en coro hasta se animaron a sugerir que él tenía la culpa. Que todo era parte de una maldición. Luego se acallaron los ánimos por temor a correr el mismo destino. Los hombres Cocama, Andoke, Nonuya y Miraña que pululaban por ahí agacharon sus cabezas en señal de estupor o quien sabe un disimulado agradecimiento.

Jituri huyó de la pequeña prisión donde lo habían colocado, aprovechando la confusión, mientras comenzaban las correrías por el muerto, muy distintas a las otras para cazar esclavos. La esposa llegaba en dos días escuchó decir, volvía por su ropa y joyas. Finalmente la hizo volver.

Al cruzar el alambrado  fue testigo excepcional del final de la Chorrera. Los esclavos peleaban ferozmente con los trabajadores, y parte del campamento se comenzó a incendiar.

Pero eso ya no importaba, afuera la noche tenía un halo de claridad. Corrió sin descanso por la rivera del río con el reflejo de la luna en sus pupilas. Al amanecer divisó su maloca, solamente allí aminoró el paso para buscar a la luz del alba la hamaca de su abuelo.

Se arrodilló ante él murmurando conmovido mientras dos gruesas gotas rodaban por sus mejillas: Te he vengado abuelo, Cajaro mató al miserable que ha destruido nuestro pueblo.

El viejo chamán asintió con una media sonrisa, en señal de agradecimiento antes de volverse a dormir.


Haydith Vásquez del Águila. Nació en Tarapoto. Es ingeniera de Sistemas. Ganó el Primer Puesto en Cuento en los VII Juegos Florales de la Región San Martín en 2002. Fue fundadora del Centro Cultural Selva Rimay. Sus cuentos fueron publicados en la colección “Rimary” – (2005) y en el libro “Chazuta” – 2009.

Publicó su primer libro de cuentos “La niña de la lluvia” (Pasacalle 2012). Ha participado en la “Antología de la narrativa amazónica” (Trazos 2014), e incursionado en Dramaturgia de la mano de Alonso Alegría, con dos libretos: “Trasquilado al por mayor” y  “El desacato”.

El año 2015 publicó un cuento inédito en la Revista “CiberAndes” de Berlín. Es socia fundadora de la Asociación de escritores del Perú (AEP).

El 2017 ganó el primer puesto en el concurso “Amazonía Ancestral” de la Región San Martín – III Edición. Este año publica su segundo libro de cuentos: Agosto.

Correo: haydith@hotmail.com

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