Columnas

“El espectador como protagonista”, por Diego La Hoz

EL ESPECTADOR COMO PROTAGONISTA

Siempre me interesó pensar en el espectador como protagonista del hecho teatral. Aquel con el que combatimos haciéndole creer que es solo un observador. Fuerzas que se oponen, pero que a la vez se necesitan mutuamente. Algo así como si el actor fuera la carga positiva y el espectador la carga negativa. Aquel con el que debemos luchar para derribar los muros provocados por el letargo del afuera o del adentro o ambos. Sin embargo, la tendencia de la vanguardia es borrar la distancia entre actor y espectador. Entonces, si la idea de público es ahora más incierta y se limita a los conceptos del marketing como “público objetivo” ¿Contra quién estamos luchando? ¿Dónde se manifiesta la experiencia del arte dramático? Augusto Boal, en su mensaje por el Día Mundial del Teatro del año 2009, reflexiona:

“Una de las principales funciones de nuestro arte es hacer conscientes esos espectáculos de la vida diaria donde los actores son los propios espectadores y el escenario es la platea y la platea, escenario. Somos todos artistas: haciendo teatro, aprendemos a ver aquello que resalta a los ojos, pero que somos incapaces de ver al estar tan habituados a mirarlo. Lo que nos es familiar se convierte en invisible: hacer teatro, al contrario, ilumina el escenario de nuestra vida cotidiana”.

El espectador llega al teatro con el claro deseo de tener la experiencia de la acción. De la acción en su totalidad. Por un lado, lo primero que percibe es al actor/actriz en el escenario. Lo observa en su cualidad de persona que actúa. Luego aparece el personaje con características específicas que recorren la acción. Y finalmente, lo óptimo, es que pronto olvide cualquier particularidad para sumergirse en el transcurrir de la historia contada a través de la acción conjunta que compone la escena total. Si bien, el espectador quiere divertirse y olvidarse de lo cotidiano, también busca un estímulo que dé cauce a sus emociones más íntimas. Sin embargo, estas instancias de convivencia teatral serían insuficientes si no reflexiona. Se trata de un esclarecimiento sensorial e intelectual que permite una modificación de su estado inicial. Esto no quiere decir que el teatro deba tener un fin necesariamente educativo. En este apabullante proceso de industrialización del teatro se tiende a definir al espectador como un ente pasivo, de percepción pasiva. Definición que por cierto subestima su calidad participativa natural que va desde lo interior hasta su vibración exterior. Esto significa que el espectador no solo tiene una experiencia interior del hecho teatral sino que también “reacciona” corporalmente ante lo que le está sucediendo. Vibra. Palpita. Responde a su natural instinto de moverse cuando algo se mueve. Por otro lado, no solo percibe objetos, les da significado desde su capacidad de asociar aquello que se le muestra en un acto de composición intelectual.

Estos elementos de juicio buscan profundizar sobre aquella cualidad participativa del espectador como punto de partida para re-definir nuestra escena y provocar nuevos procesos creativos que busquen estilizar la realidad y no imitarla. Sin embargo, ¿Es posible que, al promover esta cualidad participativa, el espectador desarrolle más su capacidad crítica frente a la experiencia teatral que el medio le ofrece? Si así fuera, ¿Esta “capacidad crítica” podría aportar a la revisión y renovación de nuestra escena nacional? ¿Existe un teatro nacional o coexisten varios como afirma Dubatti? ¿Qué tendría que cambiar para que el creador teatral pueda pensar en alternativas que lo acerquen de modo eficaz a nuevos públicos y a nuevos espacios para la representación?

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