Columnas

“El que hace la escena”, por Diego La Hoz

El que hace la escena

La cultura y la ética parecen estar siempre en debate. Esta trifulca histórica me lleva a pensar en una “revuelta de la escena”. O sea, en una revisión del pasado para reinventar el futuro desde un presente dinámico.  El aquí y ahora como tejido.  Una suerte de revolución urgente con respuesta creadora. Se trata de buscar el rumbo, el hacia dónde y el cómo reconocer lo nuevo. Entendamos lo nuevo como la capacidad de reelaborar el material preexistente frente a las necesidades y particularidades de una comunidad. Los resultados siempre son discutibles y en gran medida alejan al espectador de una experiencia viva con el hecho escénico. Quizá pensar en resultados a corto plazo, medibles, marqueteros, nos está distanciando de aquello que postula que “el teatro es proceso” y que ese proceso requiere de un impulso creador que nos lleve a re-significar permanentemente la relación entre actor y espectador. La visión de revuelta no pretende invalidar el teatro que tenemos. Más bien, nos invita a pensar la práctica y a pensar el pensamiento de esa práctica para generar nuevas (y más auténticas) miradas para la construcción de la escena.

El actor es aquel que hace. Aquel que construye universos conscientes que de alguna forma muestren rasgos de su entorno más próximo. Lo más próximo es él mismo. Contenedor de sí mismo. Portador de discurso y no un simple repetidor. Su experiencia es vital para la escena. Sin embargo, la escena no es -ni debe ser- su fin último como normalmente se cree. Es mucho más. Hace un tiempo escuché decir al actor peruano Enrique Victoria cuando un grupo de actores universitarios le pedían un consejo: “El actor nunca deja de aprender”. Es interesante notar que en el teatro contemporáneo muchos grupos y maestros, con el afán de re-significar sus roles, han preferido no usar la palabra “actor/actriz”. Por ejemplo,  eligen el uso de creador, constructor, hacedor, oficiante. Conceptos que abarcan mucho más que “el hacer”. Incluso la palabra representar fue y es, en algunas tribus teatrales, muy cuestionada. Prefieren presentar. O sea, estar en el presente lo más vivo posible, integrado y consciente. Claro, la conocida frase “actor que representa” pertenece a conceptos clásicos y manoseados que podrían poner en duda su práctica vital, limitada a un espacio exclusivo de repeticiones agónicas. ¿Por qué no usar creador presente? ¿Hacedor aquí y ahora? ¿Cuerpo total que se descubre permanentemente? Pienso que el actor promedio se siente fragmentado de sí mismo. Siente que tiene un cuerpo en vez de “ser” un cuerpo. Fracturado de su voz, de su universo interior, y asume un proceso porque sabe que hay un resultado al final del túnel. Resultado que en la mayoría de los casos está solo ligado a la ascensión victoriosa a un escenario lo más convencional posible. Entonces me pregunto ¿Un actor aprende más subido en un escenario o en un proceso de tránsito permanente (y hasta desconcertante) con plena consciencia del tiempo como proyecto? Quizá ni siquiera se lo pregunte. O si lo hace, está siendo reprendido por su propia comodidad. Ese actor, esa actriz, solo espera el aplauso, la sala llena y cobrar lo que corresponde. ¿Y eso está mal? ¡No! Por supuesto que no. Pero nunca está demás volver a preguntarse qué hago aquí y dónde está puesto mi compromiso. Alguna vez escuché decir a Sara Joffré: “El Perú está enfermo de aplausos”.

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