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LatidoAmericano, el puño del arte latino [Crónica]

Por: Rodolfo Serna Saona
Fotos: cortesía Ale Escudero

El promotor llama a la fotógrafa oficial de la exposición pictórica de la que ambos forman parte, ahora mismo en plena etapa de creación. A diferencia de las tradicionales, esta galería se levanta al aire libre, sobre 26° centígrados de calor, según apunta la tecnología digital, y la calidez de una veintena de asistentes a la muestra, espontáneos todos. El lugar ocupa un pequeño espacio en una transitada zona del parque Salazar, en Miraflores. Está situado justo entre las faldas del Marriot y la cresta de un acantilado que saluda, con el respeto que merecen millones de años de convivencia, al Pacífico.

La camarógrafa, parte de un equipo reducido que promedia los 28 años, es enviada a sacarle tomas a Lalo -artísticamente conocido como Musick- y a su lámina; una secuencia de altas, delgadas y coloradas letras que más tarde, unidas y acicaladas, darán nombre a la exhibición y la bienvenida oficial al público: LatidoAmericano.

Hecha la indicación, el promotor retorna a su lugar: una de las cinco paredes de grueso triplay color blanco y casi metro ochenta de alto por dos de ancho que conforman el circuito del evento. La máscara antigás vuelve a su rostro, los audífonos a sus oídos y los guantes a sus manos. La concentración sube a su mente. La imaginación baja hasta ella. Recoge su lata de aerosol. El mundo es irreal. Las ideas, abstractas. Su única certeza ahora es esa pared blanca enfrente. Además de organizador, es uno de los cinco grafiteros de la jornada y de todo este festival de arte urbano. Su nombre es Entes.

‘Me pongo los audífonos y estoy en mi mundo, así como otros necesitan otras formas para estar en el suyo’, me dijo una hora después, acabada su obra. Dos horas antes y cuando aún ni si quiera pisaba el plastificado y azulado pavimento sobre el que trabajaría, me contaba en breve charla, con la experiencia y honor de quien ha visitado y pintado 43 ciudades en cinco continentes, una de las justificaciones para este estilo de arte, parte de un estilo de vida.

‘Amo este trabajo porque no existe ningún impedimento entre lo que se pinta y el receptor; le llamo así porque es cualquier persona. (…) Esa es la diferencia con el arte convencional, que sí necesita de ciertas cosas: élite social, textos, cosas que aproximen a la obra. Aquí la obra es entera y está a libre disposición’.

Y entonces, manos a la obra.

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Entes traza una larga y oblicua línea en el centro de su lienzo, será su principal referencia para dibujar y pintar su imagen: el perfil de un rostro humano en posición diagonal. Al lado opuesto de su pared, también elaborando la cara de un individuo en posición horizontal y con formas cercanas al cubismo, encontramos a Pésimo. Entes y Pésimo; colegas, socios, amigos, hermanos. Pioneros. Osados. La conjugación de sus nombres es ya una marca registrada y respetada en el circuito del arte urbano y la contracultura latinoamericana. Comparten esta pasión por recorrer calles y enviar mensajes desde hace 17 años. El arte es una paradoja: los muros no siempre separan. A veces unen.

Una carpa y un barril con bebidas hidratantes, cortesía de uno de los patrocinadores del festival, sirven de campamento para que el grupo o ‘crew’ recargue energías. Sobrarían botellas; durante las dos horas de labor intelectual y física y bajo una presión solar que nunca cedió, los pintores solo se detuvieron un par de veces.

‘Es lo ideal. Es una cosa que ya aprendí a manejar’, comenta en una de esas pausas Lesivo, sobre el ardor del momento. Comenzó en 2003 o 2004 –no recuerda bien-, haciendo ‘cosas pequeñas con unos amigos’ en su barrio de Britalia, en Bogotá, Colombia. Aunque en 2006 el graffiti ya era una práctica reconocida y los espacios a veces facilitados, recuerda un hecho ocurrido en su localidad que marcó el punto de quiebre y reflexión para que se analice el tema sin prejuicios: ‘hace unos cuatro años mataron a un chico en una situación así –pintando-. Eso hizo que las autoridades empezaran a mirar el tema con mucho más cuidado, porque había implicado, pues, el sacrificio de una vida humana. Se crearon mesas distritales y movimientos más locales, descentralizándose y regulándose mejor en los barrios’. La libertad cuesta y duele.

A punta de stencil –plantilla con forma predefinida y de material diverso- y aerosol, el cafetero tiene ya completadas tres cuartas partes de lo que parece ser un caballo. ‘Es un burro’, corrige, y explica su concepto, resumido en ‘Técnicas de domesticación’. ‘Son una serie de animales domésticos y lo que oculto detrás de ellos es una crítica implícita a la dominación y técnicas de sometimiento que tenemos entre seres humanos, comportamientos sociales que buscan la domesticación entre personas. Cada animal –cada imagen- pertenece a una estrategia que se relaciona con los humanos’.

En el caso del burro, señala, se trata de la obediencia. Otra podría ser la sumisión, el acatamiento u otras formas de hostilidad entre personas y que nacieron cuando el hombre se volvió ambicioso y dejó atrás su único y básico instinto: la supervivencia.

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Hace casi 50 años, en las zonas marginales de Nueva York, en un ambiente de discriminación y abandono socio-laboral que sufría la comunidad afroamericana, la mayor parte de esta buscó salidas radicales a su situación: robos, drogas, pandillaje. En una de las tantas reuniones recreativas que se daban entre guetos, alguien comenzó a pensar en voz alta de lo jodido que andaba todo. En jerga local conjugaba crítica y parloteo. Tenía los problemas de su comunidad tan clavados en la cabeza que la improvisación de ideas le resultaba fácil y reconfortante. Entonces le añadió rima y velocidad. No se detuvo. A todos les fascinó. El chico desenfundaba más rápido y preciso estrofas de su cabeza que la Magnum 9 milímetros de su bolsillo. Un ‘hermano’ le siguió el ritmo imitando sonidos con la boca. Había nacido el rap. Salieron de la fiesta con un arma más grande y poderosa que una pistola o navaja: las ganas de crear algo que los una, identifique y empodere en la selva de cemento. Años después, ese algo se convertiría en una subcultura universal a la que llamarían Hip Hop.

Pero mientras Muhammad Alí popularizó y abrió puertas comerciales al Hip Hop usaba el rap para burlarse de sus rivales, el Graffiti -otro de sus elementos- se quedó en las calles, sobreviviendo a la persecución de autoridades y vecinos conservadores. Si hoy traspasa fronteras y aplicaciones –decoración de interiores y exteriores para empresas, diseño de ropa, ilustraciones para eventos y hasta talleres académicos- es únicamente fruto de sus obreros, coherentes ellos a sus mensajes de fuerza, orgullo, rebelión o paz, donde rebelión y paz no son antagónicos.

En agosto del año pasado, la Municipalidad de Asunción, Paraguay, se convirtió en el referente de apertura y alianza con el Street Art. Recibieron y apoyaron materialmente a LatidoAmericano. Latidoamericano a cambio armonizó su centro histórico con cuarenta graffitis y murales. Los capitalinos devolvieron en grado supremo su agradecimiento: nombraron como ciudadanos ilustres a los creadores de su renovado look. Asunción demostró que las ciudades y sus calles también se reinventan.

O se retractan. Como Lima, cuyo actual alcalde, Luis Castañeda Lossio, eliminó el año pasado casi 40 graffitis y murales -originarios de la primera edición del mismo festival en 2013- alrededor la zona del Cercado. El burgomaestre y su subordinada, Patricia Juárez, indicaron en su momento que tal decisión se sostenía en la ordenanza de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que llama a conservar el valor histórico y universal del Centro Histórico de Lima. El entonces regidor Augusto Rey respondió que esto era parte de una campaña de demolición de obras de la anterior gestión municipal y el tema se politizó. Justamente la política y las sociedades heterogéneas y desiguales son temas de sumo interés e inspiración para el Graffiti. El problema es que Castañeda Lossio le negó su derecho a opinar.

Cuatro de la tarde. Luego de llamar y enviar a su fotógrafa con Musick, Entes se da un respiro. El rostro que tatúa en su pared ya tiene forma y color. Saluda a un skater. Luego a una familia. Lo recuerdan de alguna época o lo vieron en algún lugar. En toda la tarde devuelve hasta seis cumplidos que generalmente acaban con él guiándolos con el índice hacia el cilindro con bebidas: ‘allí hay agua, Red Bull, sírvete’. Entes se crió en Comas, vivió en Chorrillos y hoy es residente miraflorino. Un vecino de Lima, y aunque Lima no lo ha declarado ciudadano ilustre, sí lo reconoce como una celebridad con los pies en la tierra y la mirada en el cielo.

Musick continúa su ilustración. Sombrea la tipografía de LatidoAmericano y un amigo le alerta: ‘se te pasó un poco’. El grafitero replica el traspié y también el comentario: ‘todo tiene solución en esta vida’. Digamos que todo menos la muerte, aunque mientras seamos responsables, el arte y la cultura presumirán de eternidad.

Cuatro y venticuatro. Un batallón de niñas irrumpe en la zona. ‘Están haciendo una pintura’, descubre una de ellas. ‘¡A ver sonrían!’, pide una de la tutoras. Todas voltean y posan con los enmascarados al fondo. Trece minutos después Joan Jiménez capitalizó su ilustración y se aleja de ella. Revisa el smartphone, bromea con su crew, bebe un Red Bull, saluda transeúntes. Tres cuarentonas de ojos agudos, cabello castaño y cejas pobladas, con bolsas de marca GAP en brazo, interpretan la imagen. Luego se van. Llega otra; cabello lacio y negro con vestido entero, largo, color fucsia. Busca algo entre sus cosas durante varios segundos, tantos como para preocupar a quien se cruce y ofrezca ayuda. Al fin lo encuentra, su teléfono. Toma retratos de una pintura que podría habitar tanto en una recatada galería de San Isidro como en un picante callejón del Callao. Cuando se marcha, Joan Jiménez aprovecha y vuelve al muro para estampar al lado derecho inferior su firma, compuesta por: DMJC, tres líneas escalonadas debajo y debajo de estas, Entes; y donde DMJC es el acrónimo de Dedos Manchados en la Jungla de Cemento.

Otra de las ciudades de Sudamérica más comprometidas con el arte urbano es Cali. De allí viene Gleo, quinto elemento y la más aislada hoy. La joven pinta desde hace siete años en una metrópoli con amplia apertura cultural: ‘cuando empecé ya había gente pintando; ahora es mucho más fácil; desde la Alcaldía hasta la Secretaría de Cultura. El tema siempre ha sido muy abierto en esa ciudad’. Estudió Artes Visuales y Diseño Gráfico para hacer esto : viajar y pintar. Ni para ella ni para sus compañeros se trata de un hobby. Es su trabajo. ‘Una de las cosas más importantes que tiene el arte urbano en la calle es el hecho de tener la libre expresión. Es un derecho ser artista y un derecho poder expresarse libremente. Cuando se apropia de un espacio público está ejerciendo ese derecho y ese deber con las personas a quien se dirige’.

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Bordeando las cinco de la tarde la mayoría casi ha terminado. Pésimo se ha quita el polo blanco que lo cubría de la cabeza hasta el cuello para camuflarse de los rayos solares. Ahora ya no parece un jeque árabe bajando del Marriot a sentir la brisa del mar natural. Engríe a su bebé, su acompañante en toda su jornada. Es posible que lo lleve a todas partes, tomando en cuenta que cuando se acaban las ideas, hay que hallar inspiración. Y los enormes ojos claros de ese pequeño serían petróleo en cualquier sequía creativa. En un país donde el 90% de chiquillos crece jugando con un balón en los pies, Pésimo Junior lo hará entre bocetos, cartulinas y latas de spray. A los 8 años ya tendrá un seudónimo y a los 11 ganará concursos escolares. Cuando deje el cole pintará un graffiti de despedida afuera de él, y si la sociedad y sus políticas mejoran, lo hará dentro. Y entonces, si su sangre ingeniosa y contestataria lo animan, continuará el legado de su padre.

Caso contrario, seguirá una carrera y vida tradicional. De todas formas, si por una alguna rara gratitud del destino este documento, el que redacto, resiste al paso del tiempo y la tecnología, sepa usted, hijo de Don Pésimo, el mensaje que envía desde el pasado Lesivo, amigo y colega de su padre: ‘espero hacer Graffiti toda mi vida. Es una actividad que me permite la autodeterminación de crear mis imágenes y trabajar en diseño; temas de taller; producción de obra. Me ha permitido no tener una rutina y una monotonía que tal vez era lo que más temía de pequeño: que me tocara trabajar ocho horas durante el mismo año, haciendo lo mismo’.

‘Es un inca’, comenta alguien detrás mío. Es una mujer que observa el trabajo de Entes. Le acompaña un chiquillo, quien quizá no comparta la idea. En lo personal, parece una virgen, una Santa Rosa de Lima en versión sicodélica. ‘Es una persona, un ser‘, resume luego el mismo autor, dejando la realidad a la libre interpretación de cada uno. ‘Somos seres humanos antes que tener un sexo y estar denominados por algo’. La mujer y el niño continúan su curso. Antes de partir, esta remata convencida: ‘ta bonito el inca, ¿no?’.

El equipo LatidoAmericano en pleno se junta a la orilla de una pileta cercana. Observan de lejos su reciente colección. Y aunque esta acapara las miradas y las fotos de los peatones, sus dueños, reunidos, bien valen la postal de la tarde; son una familia de latinos que parece ha disfrutado más el proceso que el resultado final.

La sombrilla se desarma, el barril de bebidas es removido. Lesivo se acerca al graffiti donde trabajó por dos horas. Le saca unos recuerdos con el teléfono. Se los llevará para Bogotá. En unos años, cuando envejezca y converse con niños colombianos sobre esta pasión, seguro les contará que una vez estuvo en Lima: pintando y llenando un lugar vacío, y a las personas que pasaron por él.

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