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“Manute Bol: El Gigante Bueno que sigue viviendo en el corazón de África”, por Vittorio Testi

Charles Barkley, famosa estrella de la NBA lo recordaba así: “Si cada uno de nosotros fuese en este mundo como Manute Bol, este sería el mundo donde me gustaría vivir”.

Nacido en el 1962 en el profundo Sudan, en un caserío de la etnia Dinka, pueblo de pastores y guerreros valientes. Manute Bol pasó su juventud cuidando el ganado de su familia, era descendiente de un de un clan poderoso, sumergidos en las áridas y polvorientas planicies sudanesas. En el 1982, después de una rápida carrera de amateur en su tierra fue descubierto por un caza talentos estadounidense que en aquel momento se encontraba en Khartoum, capital de Sudan. De allí el camino fue corto, ante pasó por la Universidad Fairleigh Dickinson, en Nueva Jersey, para terminar disputando 624 partidos en media docena de equipo de la NBA: Golden St. Warriors, Philadelphia 76ers y Miami Heat, para mencionar los más famosos.

Recién llegado a Estados Unidos no hablaba ni media palabra en  inglés y no sabía ni leer ni escribir. Fue el primer jugador sudanés de la historia de la NBA marcando casi 1600 puntos y, sobretodo más de 2000 tapones, que lo hacen el detentor del record absoluto de aquella época. En Estados Unidos se volvió famoso, en su país, Sudan, se volvió un héroe nacional.

Con dos metros y 31 centímetros de altura, era el jugador más alto de la NBA, fue verdadero campeón de solidaridad ayudando su país de manera constante, tanto con el dinero ganado jugando como utilizando su imagen para campañas de sensibilización hacia la situación de pobreza y guerras que vive Sudan desde siempre.

Embajador de paz de su tierra natal, una vez terminada su carrera, en el 1998 volvió a su casa y el régimen integralista islámico de Khartoum lo quiso nombrar ministro del deporte, con la condición que se tenía que convertir al Islam. Manute era católico y no aceptó, esta renuncia le costó una acusación, falsa, de colaborar con los guerrilleros independentistas cristianos. El régimen le retiró el pasaporte y solo las presiones diplomáticas de los Estados Unidos les permitieron salir del país recién en el año 2002 y el país que les dio fortuna, gloria y dinero lo recibió una vez más como refugiados por motivos religiosos.

Trascurrió los últimos años de su vida comprometiéndose con las causas humanitarias de Sudan.

El “gigante bueno” se apagó para siempre el 19 de junio de 2010, exactamente un año ante que su querido hogar, Sudan del Sur, se volviera, por fin, independiente. Tenía solo 47 años de edad. Una grave enfermedad renal mientras se encontraba ingresado en un hospital de Virginia aquejado del síndrome de Stevens-Johnson, puso fin a su existencia.

Su historia se cuenta en todas partes de África iluminando los corazones de todos los niños y niñas que son las esperanzas de un futuro diferente para este continente.

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