Columnas

“Mi abuelo, el superhéroe”, por Federico Abrill

MI ABUELO, EL SUPERHÉROE

16 de julio. Yo estaba en casa viendo televisión. Vivía en Chimbote y al ser julio y estar en vacaciones, debía estar en Lima. Pero no recordamos ni mi mamá ni yo la razón por la que nos quedamos allí. Mis abuelos sí siguieron su rutina normal, viajaron y  como siempre abrieron las ventanas de la sala de par en par (sin importarles el frío) y miraban desde su departamento del piso 11 sin miedo la vista que les daba nuestro edificio en Tarata. En algún momento de la noche una explosión destruyó los edificios alrededor. Las enormes ventanas del departamentos cayeron por su propio peso y mis abuelos siguieron con vida.

Mi abuelo bajó por las escaleras con calma. Miró su departamento destruido y solo pensó en que tenía que reconstruirlo para seguir. Ese tipo de persona era mi abuelo. La que no descansa. La que continúa. La que sin miedo, vuelve a intentar.

Las bombas no explotan dos veces de la misma manera.

Eso decía. Tengo recuerdos de volver a pisar el departamento de Tarata, reconstruido, como si nada hubiera pasado y volver a correr en la calle con mi mamá. Ese era el poder de mi abuelo. Ordenar el caos. Reconstruir.

Hace un año mi abuelo murió y dejó todo ordenado. Su último año la pasó junto a mis hermanos y a mí. Mi abuelo no entendía el teatro. Fue una vez. Saliendo nos llevó a comer y aunque ya no podía comer porque tenía problemas para pasar la comida por el esófago me dijo: “Ya entendí”. Al poco tiempo, mi abuelo pidió que me mudara de vuelta a casa, ordenara mis deudas y pudiera con ayuda médica superar mi insomnio y mi ansiedad; y con eso enfocar un nuevo camino profesional.

Mi abuelo vivía a los doce años en un parque cerca a Matute. No la tuvo fácil. Tenía problemas con su papá y su nueva esposa. Nunca conoció a su mamá y esto lo llevó a una época de aislamiento. Su abuelo fue a buscarlo. Luchó en meterlo en una escuela secundaria a pesar de que ya había superado la edad para ingresar, entró a la UNI y terminó una maestría en la primera promoción de la ESAN. Fue alcalde de Chimbote y presidente de Región antes que el Fujimorismo cambiara el modelo político del país. Mi abuelo sufrió un golpe en la cabeza que casi lo deja sin hablar, perdió a su hermana en el terremoto del 70, tuvo una operación al cerebro que luego hizo que se le complique al corazón, salió del cáncer para morir por una complicación respiratorio debido a la debilidad. Una vida difícil. Una vida plena.

Porque cada cosa negativa lo llevó a algo mejor. Se volvió una de las personas más brillantes que conozco. Fue un padre y esposo comprometido. Nunca abandonó a nadie. A pesar de que otra persona lo hubiese hecho. Siempre luchó por la claridad, la transparencia y cuando todo parecía oscurecerse, se retiró de la política. Cuando murió su hermana, acogió a mi tía Maritza en casa y la llamaba hija. Cuando se moría de cáncer, luchó cada día para terminar de conocer a cada uno de sus hijos y nietos. Fue a verme al teatro.

El día en que pidieron que viajáramos para despedirnos de él, yo tenía función. Le mandé un correo electrónico. Se lo leyeron. Le dije: “voy a escribir sobre ti varias veces porque eres mi gran referente ahora”. Es cierto. Hice mi función sabiendo que mi abuelo podría morir en cualquier momento. Acabó la función. Fui a cambiarme. A las 10:00 p.m. murió. Yo estaba en el camerino del Teatro Larco y sentí que alguien pisaba el escenario. Subí a ver quién era y no había nadie. Eras tú. Estoy seguro. Era mi fin de temporada y estaba acompañado, mis amigos me llevaron a un taxi, tomé una pastilla y viajé.

Ahora estoy escribiendo desde tu cuarto que ahora es mío. Usando una piyama que dejaste para mí seguramente porque sabías que no usaba piyama. Mi abuelo siempre me dejaba cosas, hasta para el velorio compró una camisa negra para mí.

Tengo las ventanas abiertas. No tengo deudas. No tengo insomnio. Mi ansiedad ya está en mis manos. Estoy haciendo cosas que nunca hice. Estoy fracasando un montón. Estoy aprendiendo mucho de esos fracasos. Me encanta esa palabra. Fracasar es bueno. Sin esos fracasos no podría decir que ahora siento que estoy cumpliendo algunos objetivos en mi vida. Y ya tengo nuevas metas, nuevos caminos, nuevas rutas. Gracias a ti.

Abuelo, eres mi superhéroe. Salvaste mi vida. Literal. Hoy te lo agradezco.

Una vez había sudado mucho jugando en una chacra. Mi abuelo me llevó en su pick up en la parte trasera. Yo siempre quise subir pero mi mamá no me dejó. Me dio neumonía. Mi abuelo siempre se sintió culpable. Pero secretamente él y yo sabíamos que si no lo hacía, no iba a poder sentir lo que es estar frente al viento. Ese era nuestro secreto. Que si hubiese chance o no de repetir ese día, lo volvería a hacer. Con neumonía y todo. Sin miedo.

Lo más leído

Subir