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Perú necesita industria editorial, por Carlos de la Torre Paredes

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Lo que Perú necesita es ficción de género, pues es el tipo de literatura capaz de consolidar la insipiente industria editorial y de esa forma democratizar el libro en nuestro país.

Siempre nos preguntamos cómo fomentar la lectura en nuestros jóvenes, no solo en grupos específicos, sino en la gran mayoría; un buen profesor, un buen motivador, puede incidir en un grupo –cosa que se viene haciendo sin lograr un impacto generalizado–. Todos sabemos que en nuestro país se lee muy poco y eso se ve reflejado en las estadísticas negativas sobre comprensión lectora y habilidades comunicativas por parte de nuestra población.

Y es que resulta difícil que en nuestro país se lea tomando en consideración que el acceso a la cultura es limitado – la partición en la cultura es limitada– y eso significa que la cultura solo es producida y distribuida por y entre unos pocos. Las razones son varias: una de las principales tiene que ver con el factor económico, puesto que gran parte de nuestra población tiene necesidades tan urgentes que no les queda tiempo ni energía para dedicarlo a la producción ni el disfrute de cultura. Y otra, y tal vez más determinante, tiene que ver con una deficiencia en los contenidos por parte de la mayoría de editoriales y una imposibilidad de mostrar productos literarios capaces de generar empatía con el sector de la sociedad que está buscando cultura: la clase media.

Esto ha resultado una tragedia, puesto que esta clase media se ha visto obligada a encontrar contenidos más afines con ellos en producción cultural extranjera. Así todos sabemos que muchas personas en nuestro país empezaron a leer con Harry Potter o Yo antes de ti –más actualmente–. Un número importante de personas, con capacidad adquisitiva suficiente para dedicarle un tiempo de su vida a la cultura, prefieren ese tipo de contenidos debido a todas las influencias a las que nos vemos expuestos desde que nacemos y no existe una industria editorial capaz de satisfacer sus necesidades.

“Esta clase media se ha visto obligada a encontrar contenidos más afines con ellos en producción cultural extranjera. Así todos sabemos que muchas personas en nuestro país empezaron a leer con Harry Potter o Yo antes de ti”

Conscientes de esta realidad, las editoriales peruanas han abierto espacio a una literatura más flexible y adaptada a gustos masivos, lo que tradicionalmente se conoce como ficción de género. Para explicar este término nada mejor que el libro Escribir Ficción del Gotham’s Writher’s Workshop, que lo explica así: “La ficción literaria hace referencia a los relatos que de alguna manera aspiran a ser considerados «arte». La mayoría de ellos atraen a unos lectores de cierta élite, en particular cuando se trata de cuentos. La ficción de género nos presenta relatos que suelen clasificarse según los populares géneros de misterio, suspense, terror, fantasía, ciencia ficción, oeste y romántico. En este caso las narraciones se dirigen a un público más amplio. (En inglés existe el término mainstream fiction para hablar de la ficción literaria que además tiene atractivo comercial)”.

Sin embargo, a pesar de esta importante iniciativa por parte de las editoriales peruanas, aún la ficción de género no logra ser del todo visible, pues nuestro sector cultural, conservador como toda la sociedad peruana, mantiene una hegemonía mediática que impide que el producto alternativo –para nuestra sociedad– se exponga y de esa forma llegue a la clase media ávida de consumir cultura, complicando así la expansión y consolidación de nuestra insipiente industria editorial.

Un ejemplo claro de esa hegemonía son los concursos literarios, de los cuales casi ninguno, por no decir ninguno, premia literatura que podría ser considerada más “comercial”.

Gran parte del problema radica en la concepción de cultura que tenemos la mayoría de quienes estamos vinculados al mundo cultural, quienes –a pesar que lo neguemos; y puede que nuestras motivaciones sean inconscientes (parte del conservadurismo que nos define)– diferenciamos la cultura: asumimos que existe un tipo de cultura mejor que otra.

A esto se suma que las ideas preponderantes en nuestro país –y en gran parte del mundo– durante el siglo XX fueron ideas del antisistema, “antiimperialistas”; ideas que generaban un rechazo a la palabra industria, más aún cuando se osaba vincularla a la cultura.

Recién ahora se comprende la importancia de las industrias culturales como eje fundamental de la participación en la cultura y por eso que se está haciendo lo posible por fortalecer estas industrias tanto en nuestro país como en todo el mundo.

A pesar de los miedos que genera, la industria tiene la capacidad de democratizar: la competencia y la producción masiva permiten tener productos diferenciados además de reducir los costos de producción, fomentando con eso la profesionalización en la cultura. El mejor ejemplo es la industria cultural estadounidense, la cual le genera millones en activos al Estado, da gran cantidad de puestos de trabajo y brinda productos diversificados y competitivos, cosa que ha permitido a sus creadores alcanzar una gran calidad en sus productos. Resulta innegable admitir que las series americanas del momento tienen un gran trabajo de guion, sin el cual, pese a los efectos gráficos que tengan, no podrían lograr mucho. Esto se debe a que el sistema de competencia establecido los obliga a profesionalizarse.

“El mejor ejemplo es la industria cultural estadounidense, la cual le genera millones en activos al Estado, da gran cantidad de puestos de trabajo y brinda productos diversificados y competitivos, cosa que ha permitido a sus creadores alcanzar una gran calidad en sus productos”

Así, países donde la industria se ha desarrollado –la industria en general–, han permitido la proliferación de bestsellers, que usualmente son ficción de género, los cuales generan gran impacto en importantes grupos de lectores y nuevos lectores.

A la pregunta, ¿cómo democratizar la lectura en Perú?

Pues con industria editorial. Si lo que falta es dinero para adquirir libros, la industria y la competencia se encargarán de reducir los precios y plantear una oferta adecuada a la demanda. Si el problema es que los temas que se tratan en la literatura más canónica no satisfacen el gusto de la población, pues la industria verá de satisfacer esa demanda con alguna oferta. Si el problema es que la cultura –los libros– no llegan a lugares alejados, pues la industria, al crecer, buscará nuevos mercados –la prueba son las editoriales independientes con gran trabajo en zonas deprimidas a lo largo de la nación, en gran medida debido a que los espacios más tradicionales ya están copados–. Todo esto al tiempo que el oficio de la escritura se profesionaliza.

 

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