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Políticas culturales en Perú, por Carlos de la Torre Paredes

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Los últimos años, incluso desde antes de la creación del Ministerio de Cultura, se ha empezado con un lento pero constante trabajo en pro de la cultura que ha logrado algunos resultados y proyectos prometedores como, la Ley de Democratización del Libro y Fomento a la lectura así como también el proyecto de Puntos de Cultura, entre otros. Sin embargo, vale decir que son muy pocos años de experiencia de este ministerio y de legislación preocupada por la cultura, más allá de la referida a patrimonio.

Sucede que de un tiempo a esta parte, los derechos culturales han adquirido una gran importancia en el discurso internacional, puesto que se ha comprendido que la cultura representa un medio de desarrollo tan importante, dinámico y lucrativo como cualquier rubro al que se haya estado tomando importancia, y con la ventaja de aprovechar recursos inmateriales al tiempo que genera vínculos de cohesión social que parten desde la participación democrática en la cultura.

Y es que cuando hablamos de derechos culturales, hablamos principalmente de la posibilidad de participar de la cultura, entendiendo la participación cultural como cuatro ejes que terminan por formar un circuito que se retroalimenta y crece en la medida en que cada uno de estos ejes esté asegurado. Son: La producción, el consumo, el acceso y el disfrute gratuito de la cultura y debe comprenderse que no puede ser uno sin otro.

El consumo asegura la producción que a su vez asegura el acceso al empezar a crearse mercados que generan espacios de disfrute gratuito como respuesta de la contracultura del establishment, como mecanismo publicitario o como gestión pública en busca de réditos políticos. Es decir, el mercado fomenta el fortalecimiento de industrias culturales las cuales son motor que da rienda al circuito de la participación cultural.

Comprender esto es fundamental para plantear políticas públicas culturales que generen impacto en nuestra sociedad, que, como todos sabemos tiene grandes deficiencias en lo que a participación respecta, y eso incluye la participación en la cultura. ¿O es que acaso todos tienen la posibilidad de publicar el libro que escribieron o siquiera mostrar su trabajo en alguna revista que en verdad visibilice a los autores, acaso todos los músicos logran sonar en la radio o todos los actores conseguir los papeles que han soñado? Pero no hablemos solo de producción. Respecto al acceso, ¿acaso hay librerías en la mayoría de distritos periféricos de las ciudades capitales? Según tengo entendido en el distrito de Villa el Salvador, en Lima, no hay ninguna librería –por lo menos no con publicidad adecuada–. ¿Cómo se puede consumir si no hay acceso a los bienes ni servicios culturales? Y qué decir del disfrute gratuito, ¿acaso no casi todas las muestras culturales y exposiciones artísticas se dan en distritos céntricos como Miraflores, Barranco, Cercado de Lima y San Isidro?

“¿Cómo se puede consumir si no hay acceso a los bienes ni servicios culturales? Y qué decir del disfrute gratuito, ¿acaso no casi todas las muestras culturales y exposiciones artísticas se dan en distritos céntricos como Miraflores, Barranco, Cercado de Lima y San Isidro?”

Vale además tomar en consideración que para plantear políticas públicas uno siempre se enfrentará al problema de la falta de recursos económicos. Todo el sector público sabe que el Ministerio de Economía y Finanzas hace un trabajo muy meticuloso y esto complica distintas iniciativas, principalmente las que no parecen autosustentables; esto se debe a que aún existe una mala idea de lo que es la cultura y de la importancia que pueden llegar a tener las industrias culturales para el desarrollo económico de los países.

Es bajo esta realidad que se tienen que plantear políticas públicas viables y que generen un verdadero impacto en pro de fomentar la participación en la cultura como derecho de todos los ciudadanos. Y digo viables y que generen impacto porque cuando no son autosustentables o generan un gran forado en el gasto público y cuando solo afectan a unos pocos y no tocan a todo el resto, cuando su impacto es mínimo, pues no se logra democratizar la participación en la cultura, impidiendo así aprovechar el desarrollo que puede surgir a raíz de esta y generando con esto el concepto errado de que la cultura solo genera gasto sin ningún beneficio tangible.

Por eso el reto desde la gestión de políticas públicas culturales consiste en comprender adecuadamente la realidad a la que nos enfrentamos y en base a esta plantear estrategias que permitan democratizar la participación en la cultural en base a la consolidación de una industria cultural nacional que genere mercados donde el circuito de la participación en la cultura pueda funcionar y crecer.

“El reto desde la gestión de políticas públicas culturales consiste en comprender adecuadamente la realidad a la que nos enfrentamos”

Esa es la razón por la que no creo que las políticas culturales deban apuntar a patrocinios, premios, pensiones ni nada que genere un gasto extraordinario al erario público para afectar a solo unos pocos sin generar una dinámica real de la participación en la cultura. La función del Estado en este caso debería consistir en democratizar el espacio de participación buscando la forma de fortalecer la industria cultural nacional fomentando la apertura de nuevos mercados culturales que germinen en focos de participación cultural.

¿Qué hacer? Seguimos buscando la respuesta, pero deberíamos empezar por ver el trabajo de las microempresas culturales, así como de los artistas independientes, conocer su problemática y en base a eso empezar a trabajar.

 

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