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“Sueño Nacional – ¡Arriba Perú!”, por Jean Carlo Alemán

Sueño Nacional – ¡Arriba Perú!

Nuestra selección está a horas de jugar uno de los partidos más importantes de su historia y de seguro nos sentimos más peruanos que nunca. Si, La ruta ha sido larga. 36 años desde la última participación de Perú en un mundial no ha sido fácil levantarnos y desde entonces nuestros cánticos, abrazos de gol, lágrimas, no han dejado de ser parte de este gran anhelo. Cómo ha pasado el tiempo, hinchas de antaño son abuelos, algunos ya partieron y los pequeños que iban a las gradas con papá sobre los hombros, siguen el ejemplo, papás que llevan a sus hijos al estadio. La pasión. La herencia. Tu selección. Casi nada ha cambiado, solo nuestros cuerpos.

Estar cerca de la clasificación al mundial sin duda ha devuelto la fe de los que ya bien cómodos en el coche gritan ¡Arriba Perú! ¡Vamos Perú! y bueno, al fin al cabo todos somos Perú y las reconciliaciones muchas veces son buenas.

Desde hace una semana la fiesta popular ha comenzado, blanquiroja por aquí, blanquiroja por allá. Ver a choferes de bus manejando con sombreros altos de la selección. Cobradores más amables y cobrándote lo justo cuando ve que tienes tu camiseta de la selección, hasta como medio pasaje te cobran solo porque eres tan hincha como él. Ciudadanos que dejaron la formalidad por ir a laborar con sus camisetas. Muros de facebook que ya no muestran fotos, videos musicales y frases de cultura profética. Sino una cultura de la oferta y demanda, sorteo y venta de entradas por cualquier lugar. Revendedores hijos de la gran “P” de patria hacen su negocio redondo. Policías asegurando el transito al ritmo de arenga peruana. Hinchas pegados a la fe y a la religión prenden velas y les rezan a todos los santos. Ateos que en tregua con dios piden el milagro, esa señal con sonido de pitazo final con un marcador que nos haga llorar pero ahora si de alegría.

Los menús ya no salen con bebida sino con camiseta. Los autos llevan banderas, los relojes virtuales de las calles nos dicen ¡Arriba Perú!, los paneles nos lanzan un grito de gol y nos invitan a tomarnos unas chelas. Las salidas de trabajo antes eran por salud ahora salimos porque juega la selección y a estas alturas han entendido que cuando juega Perú, jugamos todos.

Que nadie se muera mañana de la emoción por favor. Si algo tiene que morir mañana es el pesimismo y la pesadilla de quedar fuera del mundial. No nos enfoquemos en el resultado, sino en el rendimiento y empuje de nuestra selección, volvamos al lugar de los años gloriosos. Abracemos la gloria, vistamos las calles de nuestros colores, celebremos de mil maneras y lo digo así porque nuestras diferencias hoy se van al carajo y miren que al final de todo, estamos juntos, unidos y no partidos como la torta de pastel que durante años nosotros mismos hemos generado en nuestra sociedad, en esta tierra bendita llamada Perú.

Por mi parte quiero robar unas breves líneas para recordar al gran hincha que fue mi abuelo con la crema en el pecho pero sobre todo con la selección. Era 1964, él junto a su hermano asistieron a un partido de la selección, en el marco de clasificar a las olimpiadas de Tokio de ese año, Perú enfrentaba a Argentina, necesitábamos ganar y más si estábamos en casa, en el estadio nacional. Un primer tiempo sin mucho daño 0 – 0. En el segundo tiempo Argentina abre el marcador y Perú con el aliento y empuje de 47 mil hinchas en los últimos minutos mete el gol del empate, gol legítimo que fue anulado abruptamente, error arbitral que desencadenó la ira, para dar pase a una de las peores tragedias en el futbol.

La pasión a veces puede ser muy peligrosa si lo mezclas con locura, y eso pasó aquel día cuando un hincha apodado “el negro bomba” trepó las rejas para meterse a la cancha. Otro hincha hizo lo mismo y ya desde las gradas caían botellas, cojines, entre varios objetos al campo, lo que hizo que el árbitro de por terminado el encuentro lo que desató la furia del hincha peruano y la ineptitud como vanguardia de la policía, quienes optaron por soltar a los perros y lanzar bombas lacrimógenas hacia las tribunas populares, especialmente a norte, quienes estaban más agresivos y locos. Para aquella tarde las puertas de aquella tribuna se encontraban cerradas, decenas de personas murieron aplastadas y de asfixia. Aquel día mi abuelo sobrevivió y su pasión también hasta sus últimos días. Su hermano también sobrevivió pero de él ya no supe mucho. Gracias por esa herencia, por la pasión que pocos entienden y que hoy transmito en líneas a quién lea esta humilde columna

No queda más que decir ¡Vamos Blanquiroja!. El sueño ha llegado a su paradero final. Hoy más unidos que nunca. ¡Vamos Perú!. Que la esperanza se tome un descanso y que logremos esa felicidad que nos la merecemos desde hace 36 años. ARRIBA PERÚ CARAJO!!!

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